Los adultos mayores, en pandemia, un modelo de bienestar emocional

Los adultos mayores, en pandemia, un modelo de bienestar emocional

Lejos de la imagen de vulnerabilidad y rigidez frente a los cambios con que la que se las suele identificar, las personas mayores han sido durante la pandemia el grupo etario que mejor ha logrado llevarla desde el punto de vista emocional. Así lo han puesto en evidencia numerosas investigaciones hechas a lo largo del año pasado en el mundo, las que coinciden en una consoladora conclusión: la edad y el bienestar emocional aumentan a la par.

Frente a esta evidencia que encontró en la pandemia un laboratorio de comprobación excepcional, el gran interrogante es cómo se explica tal capacidad. ¿Será que con la edad la gente agudiza su habilidad para evitar situaciones de estrés? ¿O es que las personas mayores desarrollan de alguna manera la capacidad de afrontar las situaciones críticas con mayor entereza que el resto de la sociedad?

Para poner a prueba estas dos hipótesis, los científicos necesitaban un entorno en el que tanto las poblaciones más jóvenes como las de mayores se encontraran expuestas por igual a una situación prologada de fuerte estrés. Se trataba de un escenario ciertamente difícil de recrear de manera ética, pero que la pandemia impuso de por sí a nivel global.

EL ESCENARIO “IDEAL”

En ese contexto “ideal”, un equipo del Centro de Longevidad de la Universidad de Stanford reclutó en Estados Unidos una muestra representativa de mil adultos de entre 18 y 76 años de todo el país para obtener de ellos información sobre su estado emocional. De esta forma observaron que las personas mayores de 50 presentaban, en comparación con los adultos jóvenes, puntuaciones claramente más altas o más positivas en una amplia variedad de emociones diarias independientemente de sus ingresos o nivel de educación.

Si las personas mayores realmente alcanzan su bienestar emocional evitando situaciones de estrés -razonaron los investigadores- era de esperar que siendo un grupo que en medio de la pandemia no pudo evitar estar expuesto a un alto riesgo de muerte por contagio sus puntuaciones resultaran menores que las del resto de la sociedad. Lejos de eso, las encuestas mostraban más bien lo contrario: que los estados de ánimo de las personas de mayor edad permanecieron elevados, en promedio, en comparación con las demás.

En un estudio similar, psicólogos de la Universidad de Columbia Británica encuestaron exhaustivamente a unos 800 adultos de todas las edades en los primeros meses de la pandemia y llegaron a la misma conclusión.

“La pandemia ha provocado un brote de discriminación hacia las personas de edad, que han sido presentadas como un grupo vulnerable. Sin embargo nuestra investigación de la vida diaria en medio del brote sugiere lo contrario: la vejez aparece asociada con niveles de mayor bienestar emocional y menor estrés por la amenaza del COVID”, señalaron los psicólogos de la Universidad de Columbia al presentar la investigación.

LA EXCEPCIÓN A LA NORMA

Una de las pocas investigaciones sobre el bienestar emocional durante la pandemia que no encontró diferencias significativas relacionadas con la edad se basó en 226 adultos jóvenes y mayores del Bronx, uno de los distritos más desatendidos de Nueva York. En él las personas mayores a menudo viven con sus hijos y nietos, ayudando con las comidas, cuidando a los niños y ejerciendo en cierto modo un rol de co-paternidad. Estas condiciones de estrés adicional habrían sido, según concluyeron los investigadores, la razón de que entre ellos el nivel de bienestar emocional no aumentara con la edad.

Lo cierto que esta excepción a la norma refuerza en cierto modo la teoría del desarrollo emocional asociado al envejecimiento que vienen sosteniendo desde hace años muchos psicólogos. En términos sencillos, esta teoría plantea que cuando las personas son jóvenes sus objetivos y motivaciones apuntan generalmente a adquirir habilidades y correr riesgos que les aseguren un futuro mejor, lo que las somete a una fuerte presión emocional, pero al llegar a la mediana edad y volverse más conscientes de que el horizonte temporal, comienzan a volcarse hacia las actividades diarias más placenteras o con menos estrés.

RESILIENCIA

Para la profesora Silvia Gascón, directora de la Maestría en Gerontología de la Universidad ISalud y presidenta de la Red Mayor de La Plata, la respuesta a la pregunta de por qué los adultos mayores han sobrellevado emocionalmente mejor la pandemia se resume en la palabra “resiliencia”, un concepto que refiere a la propia capacidad de dejar las situaciones traumáticas atrás.

“Lo que muestran todos los estudios y encuestas hechas sobre el tema durante la pandemia, incluida la que hicimos en La Plata con la Red Mayor y HelpAge Internacional, es que las personas mayores tenemos en general una mayor resiliencia, es decir una mayor capacidad de asimilar las situaciones traumáticas, lo que se traduce en niveles más altos de bienestar emocional”, explica Silvia Gascón.

“Creo que eso tiene que ver con la historia de vida; con el hecho de haber atravesado antes situaciones críticas y haber podido superarlas –dice-. No hay que olvidarse que para nuestra generación de adultos mayores la pandemia no es una novedad: muchos de nosotros ya vivimos una con el brote de poliomielitis en nuestra niñez”,

La resiliencia, explica la psicogerontóloga, “se construye a lo largo de la vida enfrentando problemas y aprendiendo que uno puede adaptarse a sus desafíos. Qué mejor ejemplo de eso son todos los adultos mayores que antes de la pandemia apenas si podían usar una computadora y en el último año terminaron aprendiendo cosas nuevas por Zoom”.

“Por supuesto que hay que es importante aclarar que los adultos mayores no somos un grupo homogéneo y no todo el mundo tiene acceso a las mismas oportunidades –señala -. Pero en cualquier caso –dice-, la pandemia mostró a la sociedad nuestra enorme capacidad de adaptación, una capacidad que contradice la visión instalada de que los mayores somos personas frágiles y rígidas a las que nos cuesta cambiar”.

 FUENTE:
EL DIA

El impacto de la pandemia en las personas mayores

El impacto de la pandemia en las personas mayores

En el marco del Día Mundial de la Toma de Conciencia sobre el Abuso y Maltrato en la Vejez, se llevó a cabo el seminario online “Nuevas Formas de Discriminación y Maltrato hacia las Personas Mayores en Tiempos de COVID 19”, del que participaron asociaciones y referentes de todo el país, entre ellos nuestra presidenta, Silvia Gascón.

La profesora de la Universidad Isalud se refirió en su disertación al Impacto sociosanitario y económico de la pandemia en la vida de las personas mayores.

Compartimos su presentación:

 

En este enlace, compartimos la webinar completa:

 

 

La otra pandemia: mayores discriminados

La otra pandemia: mayores discriminados

La edad por sí misma no es una variable para caracterizar a una persona y tampoco debe ser un criterio para asignar recursos.

Por
Silvia Gascón(*)


La Asamblea General de Naciones Unidas declaró el 15 de junio de 1999 el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, para hacer visible la situación por la que atraviesan muchas personas mayores en el planeta.
Este año nos encuentra atravesando una Pandemia que nos muestra de manera casi obscena la presencia de un virus, que como tantos otros se ensaña con los más débiles.
Casi como una paradoja afecta con más fuerza a la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires, las más ricas del país, pero también las más contaminadas y contaminantes, las más agresivas, desiguales y violentas. Imposible no vincular el virus con lo que ha estado pasando y pasa. La explosión del virus desenmascara todo lo que venimos haciendo mal. Nos obliga a pensar hasta cuando consideraremos “normal” vivir bajo unas reglas de juego que privilegian a algunos y condenan a la mayoría a la exclusión y la pobreza.
Las personas mayores padecemos, con diferencias, dos vulnerabilidades. Una biológica, porque así como el virus puede ser asintomático en otras edades, su efecto en personas mayores especialmente aquellas con enfermedades prexistentes, puede ser letal. Pero este riesgo biológico se ve agravado por otra vulnerabilidad, la social, ya que por el sólo hecho de haber alcanzado una determinada edad, esta población se encuentra expuesta a sufrir el avasallamiento de sus derechos fundamentales. De hecho las personas mayores requieren un esfuerzo adicional para incorporarse a los sistemas sociosanitarios y se encuentran más propensos a la exclusión social.
Vivimos en una sociedad impregnada de “viejismo” o “edadismo”, término acuñado para identificar la discriminación y estereotipos asociados a la edad que nos presentan una imagen negativa de la vejez asociada a la enfermedad, discapacidad. Como seres carentes de autonomía, asexuados, aislados, improductivos y sin probabilidad de seguir aprendiendo. Esta visión sin dudas tiene repercusiones en las políticas públicas y los sistemas de atención y genera actitudes muy perjudiciales incluso, en las propias personas mayores.
La epidemia de COVID-19 develó crudamente esta situación, pone a los mayores en agenda, pero lo hace desde el lado de su vulnerabilidad. La frecuente infantilización y sobreprotección expresada a través de frases como “Cuidemos a los abuelos” o “nuestros mayores” lo expresan claramente y asimila a un grupo cuya principal característica es la heterogeneidad, como si fuera un “colectivo” único.
La edad por sí misma, no es una variable para caracterizar a una persona y tampoco debe ser un criterio para asignar recursos. Imprescindible señalarlo.
La Pandemia no es solo un hecho sanitario, es sobre todo un hecho social, que nos replantea nuevas formas de vida, cambios en las instituciones, normas y valores vigentes.
Las personas de 60 años y más es el grupo que más de acuerdo está con la Cuarentena y más del 60 % se ha quejado del control externo. A través de los años hemos cuidado y nos sabemos cuidar.
Pero ya no hay alternativa es hora de que las propias personas mayores tomemos el control de nuestras vidas, exijamos se respeten nuestros derechos y demos otra vez una lucha por un mundo más justo para todas las edades. Estoy segura que nuestros hijos y nietos nos acompañarán.
Que este 15 de junio aumente la conciencia acerca del buen trato y respeto a la vejez.

(*) Directora del centro de Envejecimiento Universidad Isalud. Presidenta de la Red Mayor La Plata

Columna publicada en la edición del 15 de junio del Diario EL DÍA de La Plata. Ver artículo original haciendo clic acá

Audio: Nélida Redondo en “Todo no se puede” en La Cielo

Audio: Nélida Redondo en “Todo no se puede” en La Cielo

Nélida Redondo, Directora de Investigaciones de la Fundación SIDOM, y colaboradora permanente de Red Mayor La Plata, fue entrevistada en el programa radial “Todo no se puede”, que se emite por La Cielo 103.5, en donde se refirió a la situación de los geriátricos en el marco de la pandemia COVID-19.

Escuchá la nota acá:

Video: Silvia Gascón con Nelson Castro

En “El Corresponsal”, programa periodístico que conduce Nelson Castro los sábados a la noche por la pantalla de TN, Silvia Gascón, presidenta de la Red Mayor La Plata, se refirió a la realidad de los adultos mayores en el marco de la pandemia, y a la situación crítica que se vive en algunos geriátricos.

 

Silvia Gascón con Nelson Castro

Silvia Gascón habló con Nelson Castro en su programa de TN sobre los desafíos que enfrentan los mayores y la situación crítica que se vive en algunos geriátricos en el marco de la pandemia.Mirá la entrevista 👇

Posted by Red Mayor La Plata on Saturday, May 2, 2020

¿La Segunda Guerra del Cerdo?

¿La Segunda Guerra del Cerdo?

Cuando en 1969 escribió su novela “Diario de la guerra del cerdo” (Editorial Emecé) en la que los jóvenes de Buenos Aires deciden un día, sin causa explícita, matar a todos los viejos, Adolfo Bioy Casares no le hizo jugar al Estado papel alguno.

Ni la policía ni ningún otro poder público tuvieron que ver con esa batalla generacional, convertida en una cacería que duró dos semanas.

La obra reflejó, más bien, el temor ensimismado de Bioy a la vejez y al infalible correr del tiempo, una inquietud que es común a casi todas las personas de edad mayor. Y que suele verse acompañada por un sentimiento de marginación.

Podría decirse que a partir de una reciente resolución del jefe de Gobierno porteño de requerirles a los mayores de 70 años –a raíz de la vigencia del coronavirus- un permiso especial de circulación, que se debía tramitar diariamente ante el Gobierno de esa ciudad, vientos polémicos se dispersaron hacia los cuatro puntos cardinales.

Los mayores de edad, sin discutir el fondo de la medida –sin dejar de ver que puede haber fundamentos médicos en las restricciones-, se resistieron en esos días porque vieron en ella algo más que una discriminación. Vieron la misma guerra que imaginó Bioy, porque en su novela los “cerdos”, aquellos a los que hay que perseguir y matar, son los viejos.

En una entrevista con “La Nación” Beatriz Sarlo calificó la medida adoptada por la Ciudad de Buenos Aires como “un estado de sitio selectivo”. La escritora cuestionó el fondo del asunto: “Me pareció insultante, el carácter discriminativo es complicado para los que trabajamos”. Y agregó: “Impide la movilidad de sus habitantes (mayores de 70) por el territorio. Que yo sepa, sin aprobación de la Legislatura. La Constitución debe estar volatilizada o le agarró el coronavirus, pero es un estado de sitio selectivo”.

La veterana actriz María Rosa Fugazot, que dijo estar de acuerdo con algunas restricciones a la circulación, protestó sin embargo con aspereza por las “aguas profundas” que creyó ver en esta exigencia de salvoconducto cotidiano: “¿Por qué no nos fusilan después de los 70 en orden alfabético?”, preguntó. Muchas mujeres de la farándula se enojaron porque la medida las alcanzaba y no trepidaron en confesar su edad, hasta entonces mantenida en férreo secreto.

OTRO TEXTO PRECURSOR

Cincuenta años de agua pasaron bajo los puentes desde el libro de Bioy que, ahora, es considerado en estos días como otro texto precursor del autor de “La invención de Morel”. Con una diferencia, que en un país consternado por el coronavirus, el Estado sí intervino para restringir la circulación de los adultos mayores en la vía pública. Y lo hizo con rudeza.

El caso más elocuente se vivió en El Rosedal de Palermo, cuando una decena de policías reprendió severamente y casi se la llevó detenida a Sara Oyuela, una mujer de 83 años de edad que había ido a tomar sol para curar sus pulmones enfermos, en un sector totalmente despoblado del parque público. Hasta allí se acercaron tres patrulleros cuyos efectivos virtualmente cercaron y “atacaron” a la mujer, conminándola para que regresara a su hogar, amenazándola con iniciarle acciones penales.

La escena surrealista encontró su cereza cuando los policías hablaron por el portero eléctrico con el también longevo marido de Sara, a quien le pidieron que intercediera ante su mujer para que abandona el parque y volviera al departamento. La respuesta del hombre fue la siguiente: “Discúlpenme, pero no puedo bajar. Sepan entender, hace 32 años que estamos casados y nunca la pude convencer de nada. Arréglense ustedes…”

¿El poder sobreactúa con la gente mayor? En estos días, algunos aseguraron que sí. Reconocidos juristas, entre ellos Andrés Gil Domínguez, fustigaron la esencia jurídica del permiso que se requería (y que, frente a la fuerte resistencia, fue revocado luego): “Es anticonstitucional esta medida porque somete a los mayores de 70 años al confinamiento y les da un trato que no respeta la Convención Interamericana de la Tercera Edad”, dijo el letrado.

¿OTRA VUELTA DE TUERCA?

¿Estuvimos –estamos- ante la endémica remake de una suerte segunda guerra del cerdo? ¿La juventud política, o académica, o de cualquier sector, se ocupará de negar a los viejos, de cesarlos de toda función, de arrojarlos a la miseria y al desamparo ontológicos?

Para la gerontóloga platense Silvia Gascón “no sólo el poder político actúa sobre la gente mayor, sino también los profesionales de la salud cuando realizan prácticas sin pedir el debido consentimiento; las instituciones, que los obligan a realizar trámites usando determinadas tecnologías; los medios de comunicación cuando se refieren a ellos como abuelos y los propios hijos, cuando deciden sobre lo que pueden o no pueden hacer sus padres”.

La guerra del cerdo no se libró sólo en Buenos Aires sino que su campo de batalla se extiende por el vasto planeta. En “El país de las sombras largas”, que es Alaska, a los viejos cuando se quedaban sin dentadura se los sentaba en un pequeño témpano y se los empujaba hacia el mar, para que terminaran allí su existencia. El problema, sin embargo, es que cada vez hay más personas mayores, las expectativas de vida crecieron en forma exponencial y se acercan en forma vertiginosa al promedio de 100 años. Bioy Casares entrevió en su novela un fenómeno inquietante.

Uno de sus personajes dice: “En un futuro próximo, si el régimen democrático se mantiene, el hombre viejo es el amo. Por simple matemática, entiéndanme. Mayoría de votos. ¿Qué nos enseña la estadística, vamos a ver? Que la muerte hoy no llega a los cincuenta sino a los ochenta años, y que mañana vendrá a los cien. Perfectamente. Por un esfuerzo de la imaginación ustedes dos conciban el número de viejos que de este modo se acumulan y el peso muerto de su opinión en el manejo de la cosa pública. Se acabó la dictadura del proletariado, para dar paso a la dictadura de los viejos”. Hay que matarlos entonces, dijeron los jóvenes de su novela.

Gascón, que es directora del Centro de Envejecimiento de la Universidad Isalud, sostiene que “el aumento de la longevidad es una excelente noticia, pero para que los años ganados a la vida se traduzcan en mejores niveles de bienestar en la población mayor hacen falta profundas transformaciones en todas las esferas de la vida comunitaria”.

“El COVID-19 puso en evidencia que lejos estamos de que esto ocurra. Vivimos en una sociedad impregnada de viejismo o “edadismo”, término acuñado para identificar la discriminación y estereotipos asociados a la edad que nos presentan una imagen negativa de la vejez asociada a la enfermedad, discapacidad, carentes de autonomía, sin capacidad de tomar decisiones, o seguir aprendiendo, asexuados, aislados, improductivos y sin probabilidad de seguir aprendiendo”, añadió.

Las medidas puestas en vigencia por el Estado, si bien en algunos casos pudieron ser excesivas, ¿no apuntaron al bien superior, que sería el de cuidar la salud y la vida de los más débiles? Gascón responde a esta pregunta: “Si bien la pandemia pone a las personas mayores en agenda, lo hace desde el lado de su vulnerabilidad, por eso tan frecuente la infantilización y sobreprotección. “Cuidemos a nuestros abuelos” frase repetida en los medios sería la síntesis de lo que no queremos escuchar. Primero porque no todos los mayores son abuelos, y menos de quien lo dice, y además porque llevamos años de autocuidado y de cuidar a otros”.

¿Qué es lo que demandan los adultos mayores en estos días? “Que sean considerados ciudadanos de primera, en igualdad de condiciones a otros grupos. Que se entienda pasada la pandemia que arreglar las veredas, hacer transportes accesibles y evitar colas innecesarias, es una también una manera de “cuidarnos”.

Los mayores protestaron y siguen protestando en estos días, por sentirse discriminados, se le consigna a la entrevistada. Gascón respondió: “Es que la pandemia también tiene su lado positivo. En esta ocasión la voz de los mayores se hizo oír y no porque fueran convocados a expresarlo. Es que pertenecemos a una generación que ha sido protagonistas de grandes luchas a lo largo del tiempo: el voto femenino, el movimiento tercermundista, el feminismo, las abuelas de Plaza de Mayo. No estamos en edad de irnos a casa, ni pedir permiso. Cuando jóvenes luchamos por un mundo más justo e igualitario para todos. Ahora personas mayores, seguimos activos para lograr una sociedad en la que nadie quede atrás. Estamos seguros que nuestros hijos y nietos nos acompañarán”.

Fuente: artículo del periodista Marcelo Ortale
publicado en EL DIA, el domingo 3 de mayo