Cómo se adaptan las ciudades a la población cada vez más mayor

Cómo se adaptan las ciudades a la población cada vez más mayor

Las personas mayores representan un porcentaje cada vez más alto de la población y para 2030 superarán la proporción de niños y niñas. Un informe de Naciones Unidas de 2017 le puso números a esta tendencia que se aprecia en cada rincón del planeta. Desde 1980 hasta 2017, la cifra de quienes tienen más de 60 años se duplicó y alcanzó los 962 millones. Y se estima que para 2050 volverá a multiplicarse y llegará a los 2.000 millones.

Esta tendencia global también se ve en América Latina. En Cuba, Puerto Rico y Uruguay, el 15 % de la población tiene más de 60 años. En la Argentina, el porcentaje llega a 11. En la Ciudad de Buenos Aires hay un 22 % de personas de más de 65. “El aumento de la expectativa de vida es fantástico, pero los sistemas deben adaptarse”, reflexiona al respecto Silvia Gascón, directora del Centro de Envejecimiento Activo y Longevidad de la Universidad Isalud, de Buenos Aires.

Lo mismo señala un informe publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) titulado Las ciudades como espacios de oportunidades para todos: cómo construir espacios públicos para personas con discapacidad, niños y mayores. Allí se lee: “La mayor longevidad presenta nuevos desafíos y oportunidades para todos los Gobiernos locales”.

El texto destaca que uno de los desafíos principales para las personas mayores es la movilidad reducida, algo que también afecta a muchas personas con discapacidad. Y esto no es un detalle menor porque puede “contribuir a una vulnerabilidad social más amplia”. Se trata de una población más propensa a problemas como “la pobreza, la falta de vivienda, el aislamiento social y enfermedades mentales”.

“Los problemas de movilidad suelen limitar la capacidad de una persona de viajar de manera cómoda y segura en transporte público o en un vehículo privado. También es posible que alteren la sensación de comodidad, seguridad y pertenencia en los espacios públicos como parques, plazas y otros espacios comunitarios”, dice el informe.

“La falta de movilidad propicia una gran cantidad de síntomas depresivos y ansiedad. Cuando la ciudad no da seguridad (en sus calles y transporte), las personas mayores deciden no salir. La salud de las personas mayores depende mucho de su contacto social, esto se vio en la pandemia”, aporta Verónica Zenaida Montes de Oca Zavala, socióloga y coordinadora del Seminario Universitario Interdisciplinario sobre Envejecimiento y Vejez de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

A esto se suma que las personas mayores muchas veces no están económicamente activas (no tributan) y, a la vez, implican mayores gastos para el Estado.

En este contexto, el propio BID destaca un modelo que puede ser de inspiración para que los centros urbanos sean más inclusivos con las personas mayores, lo que genera oportunidades de desarrollo social y económico: el de la ciudad de Málaga.

El modelo

La europea es una de las poblaciones con más proporción de personas mayores, con alrededor del 20 %. Y se calcula que para 2035, España tendrá un 42 % de habitantes con más de 60 años, lo que la convertirá en el segundo país del mundo en este ránking (solo por detrás de Japón).

Málaga es la sexta urbe del país, con una población de 573.000 habitantes, el 17,4 % con más de 65 años. La ciudad andaluza ha trabajado desde mediados de 1990 en un plan para mejorar la inclusión de personas mayores o con discapacidad que tengan movilidad reducida. Una estrategia que ayuda, según destaca el BID, no solo a mejorar la accesibilidad de sus habitantes, sino también a mejorar la economía del turismo.

Málaga, situada sobre el mar Mediterráneo, es una ciudad turística que también atrae por la accesibilidad para personas mayores. (Imagen: gentileza Ayuntamiento de Málaga) Málaga, situada sobre el mar Mediterráneo, es una ciudad turística que también atrae por la accesibilidad para personas mayores. (Imagen: gentileza Ayuntamiento de Málaga)

Cuando se piensa en la inclusión de personas con movilidad reducida es habitual imaginarse infraestructura de calles, veredas o edificios públicos, pero el concepto es más amplio que las adaptaciones físicas: implica también estimular la participación de esta población en la vida pública y fomentar su interacción social.

El plan de Málaga persigue tres objetivos:

-Promover actividades dirigidas a personas mayores para ayudarlas a encontrar un propósito y disminuir el aislamiento social.

-Prevenir problemas de salud física y mental.

-Fomentar la participación de las personas mayores residentes en el ámbito público y en la toma de decisiones de la ciudad.

Para lograrlo, son clave las 96 asociaciones de mayores que hay en la ciudad, con actividades gratuitas que abarcan desde talleres de teatro hasta clínicas de salud cognitiva y cursos de alfabetización digital. También tienen representantes que mensualmente se reúnen con el personal del Área de Derechos Sociales del ayuntamiento.

“La presencia de asociaciones de mayores en los barrios y de centros sociales como punto de encuentro facilita las relaciones, promueve la participación, la inclusión social y contribuye al desarrollo comunitario”, destacan desde el ayuntamiento. Y aclaran que las reuniones se han sostenido durante la pandemia, aunque los calendarios se han adaptado y se han aplicado protocolos sanitarios.

En esos encuentros, las personas mayores hacen propuestas que son escuchadas. “[Quienes presiden las asociaciones] son mi equipo. Es una relación de iguales”, le contó Francisca Ramos Montero, jefa de la Sección de Mayores dentro del Área de Derechos Sociales, al BID. Y dijo: “No podemos hacer todo lo que queremos, pero podemos empoderar a las personas residentes”.

El trabajo se complementa con los centros sociales: edificios solicitados al Estado por las asociaciones para brindar los talleres o compartir momentos de recreación, como juegos de carta o charlas. Hoy son unos 50 y tienen una función social clave, en una ciudad donde un cuarto de las personas mayores vive sola.

En estos lugares, según destaca el informe del BID, “algunos talleres son impartidos por sus integrantes, lo que les brinda oportunidades de liderazgo, mientras que otros son impartidos por jóvenes voluntarias y voluntarios para fomentar vínculos intergeneracionales”.

“Las relaciones son un pilar importante para las personas mayores. La pandemia ha frenado la posibilidad de relacionarse al permanecer confinadas y restringir el contacto social y esto ha tenido consecuencias negativas en la calidad de vida”, acotan vía e-mail desde el Departamento de Comunicación del ayuntamiento. Los centros, además de ser un espacio accesible, están ubicados en la cercanía de zonas con gran concentración de personas mayores.

Durante la pandemia los talleres se dictaron en formato virtual y mediante llamadas telefónicas se hizo un seguimiento de la población adulta mayor. A su vez, se hizo un especial foco en contactar a personas mayores de 80 años que viven solas: se las llamó por teléfono y se hizo un diagnóstico sobre su situación de vulnerabilidad para atender sus necesidades. Se realizaron 4.166 llamadas.

Empoderar y visibilizar

Espacios como las asociaciones han servido también para empoderar a las personas mayores, al estimularlas a crear sus propias iniciativas, como una revista o una radio.

A su vez, el ida y vuelta entre los líderes y el ayuntamiento le sirve al Estado local para ahorrar recursos, ya que se reduce el presupuesto en personal que interviene en una comunidad.

Al mismo tiempo, para mejorar la participación y la visibilidad de las personas mayores, se aprovechan eventos comunitarios. Por ejemplo, se organizan festividades públicas centradas en ellas, como el Carnaval del Mayor, la Semana del Mayor y el Día Internacional de las Personas Mayores.

Finalmente, la cuestión edilicia es otro de los ejes en los que trabaja el Gobierno de Málaga. En cuanto a las viviendas, exige que el 2 % de las unidades nuevas estén equipadas para personas con discapacidad. Además, subvenciona a los residentes mayores con bajos ingresos para acceder a una casa y cuenta con un programa para instalar ascensores adonde no los haya. El ayuntamiento también lleva adelante el Proyecto de Vida Independiente, que provee viviendas a personas con discapacidad provenientes de instituciones para que vivan con más autonomía.

Acerca de los lugares públicos, se ha puesto énfasis en la creación y acondicionamiento de más de 100 parques accesibles con aparatos de gimnasia. “El de Málaga es un modelo sumamente interesante que piensa en el curso de la vida y su adaptabilidad. No solo piensa en las personas mayores, sino en el proceso de envejecer y también en aquellos que pueden tener un accidente que limite su independencia. Esto tiene que ver con el modelo de ciudades inteligentes, que se adaptan a las poblaciones. Hemos pensado que las poblaciones deben adaptarse a las ciudades, lo que ha generado mucha exclusión”, analiza Montes de Oca Zavala.

El panorama en América Latina

“No podés hacer la misma política para todos. La única forma de hacer que las ciudades incluyan a las personas mayores es ir y preguntar”, destaca Gascón, de la Universidad Isalud. “Los países modelo no planifican en el aire, porque en cada lugar los motivos que excluyen a personas mayores pueden ser diferentes”, agrega.

En 2006, Gascón comenzó a trabajar en el proyecto de la Red Mundial de Ciudades y Comunidades Amigables con las personas mayores (GNAFCC por sus siglas en inglés) de la Organización Mundial de la Salud. Se trata de una red de centros urbanos con gestiones que buscan incluir a la población mayor y fomentar un envejecimiento activo. Hoy esa red cuenta con más de 1.000 ciudades del mundo.

Para ser parte, cada intendente debe enviar una carta a la OMS. Luego, la ciudad tiene un plazo para establecer una serie de mejoras en accesibilidad.

Si bien América es el continente con más ciudades amigables, la gran mayoría están en los Estados Unidos (unas 383, según señala la Organización Panamericana de la Salud). En América Latina hay 251, 192 de ellas en Chile. Gascón aclara, además, que muchas de las ciudades de la región forman parte de la red por haberlo solicitado pero aún no implementaron mejoras de accesibilidad.

Silvia Gascón trabaja desde 2006 en el Proyecto Ciudades Amigables de la Organización Mundial de la Salud. (Imagen: gentileza) Silvia Gascón trabaja desde 2006 en el Proyecto Ciudades Amigables de la Organización Mundial de la Salud.

“Desgraciadamente, el panorama en América Latina aún viene lento, con poca aceptación. El espacio es un ámbito de poder y en muchas ciudades de la región el espacio se ha privatizado. Muchas tienen un modelo adultocéntrico, piensan solamente en las personas que van a trabajar y no en las mayores o con discapacidad, o que son cuidadas o en las mujeres que se dedican a tareas de cuidado”, considera Montes de Oca, quien es parte de la Red Latinoamericana de Gerontología. Y agrega: “Son pocas las ciudades que realmente han establecido parámetros como los de Málaga o de la red de ciudades amigables”.

“El Estado debe considerar varios factores. El más relevante es la seguridad económica, que garantiza la satisfacción de las necesidades básicas como vivienda, alimentación, servicios públicos. Luego, la infraestructura pública de los entornos, el transporte, los servicios urbanos, que favorecen no solo la pertenencia y disfrute de la vida en colectivo sino las posibilidades de participación social”, dice Ángela María Jaramillo De Mendoza, socióloga y profesora en la Universidad Javeriana de Colombia y también miembro de la Red Latinoamericana de Gerontología, que además destaca la importancia de brindar opciones educativas para adultos mayores.

Para Gascón es clave la metodología que propone el Proyecto Ciudades Amigables: el de escuchar a las personas mayores y que sean ellas quienes señalen qué es lo que las excluye. Para eso, se deben realizar grupos focales en los que se le consulta a esta población sobre sus experiencias en ocho ámbitos: espacios públicos, transporte, vivienda, participación social, respeto e inclusión social, participación cívica, comunicación e información.

“Lo que tiene este proyecto es que va más allá de la accesibilidad física: evalúa otras dimensiones de la vida de los seres humanos que tienen que ver con la inclusión, con el lugar que la sociedad te da para estar activo, más allá de los años”, sintetiza.

Gascón llevó a cabo un estudio en ciudades de la Argentina, y lo que más señalaron las poblaciones mayores fueron: “La inseguridad derivada de la elevada criminalidad y delincuencia, las veredas rotas y la falta de mantenimiento de los espacios verdes, la inadecuación del transporte público ―tanto por el recorrido como por las características de las unidades―, la falta de cumplimiento de las normas básicas de tránsito y la inaccesibilidad de los edificios. También se registra opinión unánime sobre las desventajas de los servicios de salud disponibles para las personas mayores, en sus tres modalidades de cobertura: público, de obras sociales y privado”.

Al mismo tiempo, otros dos fenómenos especialmente preocupantes que se perciben en toda Latinoamérica son el denominado “maltrato tecnológico” en particular y los malos tratos cotidianos en general.

Sobre el primero, Gascón aclara que ya desde antes de la pandemia se les exigía a las personas mayores completar muchos formularios en línea sin que supieran cómo o se les negaba la atención personalizada en el banco y se les demandaba que hicieran sus trámites por el cajero. Lógicamente, esto se incrementó por la COVID-19.

Sobre la falta de respeto, a la especialista le preocupa el “viejismo”, el prejuicio y la discriminación contra personas mayores. “Muchas sienten que los jóvenes se las llevan por delante”, dice.

Gascón también destaca que hacer estos diagnósticos permite llevar adelante planes de acción, los cuales muchas veces implican prácticas sencillas, “como hacer un curso de capacitación para choferes, para que sean más respetuosos y acerquen el colectivo a la vereda en las paradas”. La especialista explica que promover la inclusión tiene mucho que ver con simplemente visibilizar a las personas mayores. “En uno de estos cursos, un chofer se puso a llorar y a decir: ‘Nunca me imaginé que mi mamá podía sufrir por estas cosas’”, agrega como ejemplo.

“El Estado también puede ayudar mucho con programas intergeneracionales que promuevan el encuentro entre jóvenes y personas mayores. Por ejemplo, cuando comenzó la campaña de vacunación en la provincia de Buenos Aires, había que inscribirse en formularios digitales, entonces entre varias universidades hicimos un acuerdo para que los jóvenes buscaran a los mayores y los ayudaran”, agrega.

Este tipo de acciones, dice Gascón, ayudan a cambiar la concepción sobre las personas mayores. “Ver que tenemos todavía, y quizás por mucho tiempo, deseos, preferencias —dice, incluyéndose—. No somos solo personas que necesitamos, sino que también tenemos derechos y, además, mucho para aportar”.

 

Esta nota, publica en Infobae por David Flier,
forma parte de la plataforma
Soluciones para América Latina,
una alianza entre INFOBAE y RED/ACCIÓN

Cuando la violencia contra los mayores está en el seno familiar

Cuando la violencia contra los mayores está en el seno familiar

Si bien reconoce que hacía tiempo que ya no venían teniendo una buena relación, Mabel (72) cuenta que lo peor empezó cuando murió su marido y su único hijo decidió mudarse con ella a la casa familiar. Los constantes roces con su nuera por una convivencia forzada llevaron a que los maltratos verbales se hicieran moneda corriente y con el tiempo pasaran a ser algo más.

“Un día que estábamos discutiendo me empujó y al caerme me rompí un brazo. Cuando conté en el hospital lo que había pasado y un médico habló con él se puso furioso. Al volver a casa, me sacó de la habitación que siempre había sido la mía para mandarme a dormir al cuartito y empezó a amenazarme todos los días con que me iba a hacer internar”, cuenta Mabel, quien ante el temor de que su hijo volviera a golpearla se fue a vivir con su hermana y lo denunció.

Aunque a veces pasan inadvertidos para el entorno, los casos como el de Mabel son mucho más comunes de lo que se suele pensar. La Organización Mundial de la Salud calcula que uno de cada diez adultos mayores sufre abusos en forma regular, y en la mitad de los casos -como expone un reciente informe de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia- los agresores son sus hijos.

“La violencia doméstica es uno de los flagelos sociales que más ha crecido en la actualidad; y entre los grupos poblacionales más vulnerables se encuentra el que componen las personas que transitan la vejez, con mayoría de mujeres, cuyo número sigue aumentando incluso en este marco de pandemia”, cuenta la investigadora María Isolina Dabove, que se especializa en Derecho de la Vejez.

En una sociedad que envejece cada vez más por la baja de los nacimientos y el crecimiento sostenido de la longevidad, la violencia contra los mayores –temen muchos especialistas en el tema- seguirá en aumento en las próximas décadas, lo que torna imperiosa la toma de conciencia sobre el fenómeno y sus mecanismos de erradicación.

“El maltrato puede provocar lesiones físicas graves, sufrimiento emocional, trastornos psicológicos de larga duración, o incluso la muerte. En términos generales, es violento todo uso de la fuerza o del poder que una persona ejerce sobre otra a la que le causa un avasallamiento de su integridad, abriendo así el juego a la lógica de la dominación”, comenta Dabove al explicar que por eso “se trata de un fenómeno realmente complejo, multicausal, de difícil solución”, y que muchas veces no se ve.

Si la mayoría de estos casos no llegan a ser visibles es porque los adultos mayores, por encontrarse a menudo en situaciones de vulnerabilidad extrema, se sienten avergonzados y no saben tampoco a quien recurrir, una situación que la pandemia parece haber agravado todavía más.
“Durante 2020 la cantidad de denuncias bajó”, cuenta la secretaria letrada de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema, Analía Monferrer, quien cree que lejos de indicar una mejora en la situación lo que revela esa merma es una mayor dificultad para denunciar.

“La cuarentena ha afectado la posibilidad de trasladarse y de hacer una denuncia –explica-. Esto se puede deber al desconocimiento de que no había restricciones o un mensaje tal vez no muy claro acerca de que las víctimas de violencia doméstica podían (y pueden) salir de sus casas sin consecuencias para hacer las denuncias y también a las dificultades en cuanto al traslado en sí”.

El hecho es que de los casi 600 episodios de violencia contra mayores denunciados a lo largo del año pasado en la Oficina de la Corte, el 35% fue atendido durante los primeros tres meses del año, solo el 41% en los 7 meses subsiguientes en los que tuvo vigencia el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO), y el 24% en los últimos dos meses del año cuando la restricción se distendió.

DENTRO DEL HOGAR
Durante 2020 la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte registró casi 595 casos de personas mayores de 60 años afectadas por hechos de violencia doméstica, en su mayoría mujeres, con una frecuencia diaria o semanal, y que 5 de cada 10 de los agresores fueron sus hijos.
Del análisis de los datos surge concretamente que entre las personas mayores que recibieron violencias, el 77% son mujeres y que el 68% de los denunciados son varones; pero también que el lugar de mayor riesgo es el hogar.

De acuerdo con el informe, el 59% de las personas mayores afectadas por situaciones de violencia cohabitaba con la persona denunciada al momento de la presentación y casi 90% de ellas tenía un vínculo familias con su agresor. En este sentido se precisa que cinco de cada 10 agresores fueron hijos e hijas, el 24% sus parejas y el 4% hermanos o hermanas.

Asimismo, la frecuencia de las situaciones de violencia registrada por la OVD fue mayoritariamente (más del 60%) diaria y semanal, una proporción que es un 10% más elevada que la evidenciada en 2019.

El informe también advierte que en una misma situación pueden coexistir distintos tipos de violencias. En esta línea, la violencia de tipo psicológica se encuentra presente en casi todas las denuncias en las que las personas mayores fueron afectadas (97%) y las de tipo ambiental y física, en el 49% de los casos.

Sobre estas últimas, el 36% de las víctimas de violencia física (323) fue revisada por profesionales del Servicio Médico de la Oficina de la Corte y se constataron lesiones en el 86% de los casos, a la vez que el 34% de las personas agredidas tenía antecedentes de lesiones físicas producto de situaciones de violencia.

DENUNCIAS
Ante este tipo de situaciones, las posibilidades que tiene una persona mayor de poner freno al agresor es hacer la denuncia tanto en la comisaría más cercana como en algunas de los organismos públicos que se dedican a atender la problemática.

Uno de esos organismos es la Defensoría del Pueblo bonaerense, que a través de su área de Protección de Derechos de las Personas Adultas Mayores actúa, asesora, acompaña y recibe reclamos sobre derechos vulnerados vinculados a cualquier problemática que las y los afecte, con el objetivo de solucionar , cesar o modificar situaciones vinculadas a las consultas recibidas.

Para encontrar apoyo especializado los interesados pueden comunicarse todos los días las 24 horas a los números de WhatsApp (+54 221 673 0823, +54 9 221 358-1323 y +54 9 11 2262-6532), la línea telefónica (0800-222-5262) y las redes sociales (Facebook, Instagram y Twitter, donde el organismo se encuentra con el usuario @DefensoriaPBA). En La Plata, una organización civil que también brinda apoyo y asesoramiento es la Red Mayor, que responde consulta por medio de su página web http://www.redmayorlaplata.com/

Fuente:
EL DIA

Los adultos mayores, en pandemia, un modelo de bienestar emocional

Los adultos mayores, en pandemia, un modelo de bienestar emocional

Lejos de la imagen de vulnerabilidad y rigidez frente a los cambios con que la que se las suele identificar, las personas mayores han sido durante la pandemia el grupo etario que mejor ha logrado llevarla desde el punto de vista emocional. Así lo han puesto en evidencia numerosas investigaciones hechas a lo largo del año pasado en el mundo, las que coinciden en una consoladora conclusión: la edad y el bienestar emocional aumentan a la par.

Frente a esta evidencia que encontró en la pandemia un laboratorio de comprobación excepcional, el gran interrogante es cómo se explica tal capacidad. ¿Será que con la edad la gente agudiza su habilidad para evitar situaciones de estrés? ¿O es que las personas mayores desarrollan de alguna manera la capacidad de afrontar las situaciones críticas con mayor entereza que el resto de la sociedad?

Para poner a prueba estas dos hipótesis, los científicos necesitaban un entorno en el que tanto las poblaciones más jóvenes como las de mayores se encontraran expuestas por igual a una situación prologada de fuerte estrés. Se trataba de un escenario ciertamente difícil de recrear de manera ética, pero que la pandemia impuso de por sí a nivel global.

EL ESCENARIO “IDEAL”

En ese contexto “ideal”, un equipo del Centro de Longevidad de la Universidad de Stanford reclutó en Estados Unidos una muestra representativa de mil adultos de entre 18 y 76 años de todo el país para obtener de ellos información sobre su estado emocional. De esta forma observaron que las personas mayores de 50 presentaban, en comparación con los adultos jóvenes, puntuaciones claramente más altas o más positivas en una amplia variedad de emociones diarias independientemente de sus ingresos o nivel de educación.

Si las personas mayores realmente alcanzan su bienestar emocional evitando situaciones de estrés -razonaron los investigadores- era de esperar que siendo un grupo que en medio de la pandemia no pudo evitar estar expuesto a un alto riesgo de muerte por contagio sus puntuaciones resultaran menores que las del resto de la sociedad. Lejos de eso, las encuestas mostraban más bien lo contrario: que los estados de ánimo de las personas de mayor edad permanecieron elevados, en promedio, en comparación con las demás.

En un estudio similar, psicólogos de la Universidad de Columbia Británica encuestaron exhaustivamente a unos 800 adultos de todas las edades en los primeros meses de la pandemia y llegaron a la misma conclusión.

“La pandemia ha provocado un brote de discriminación hacia las personas de edad, que han sido presentadas como un grupo vulnerable. Sin embargo nuestra investigación de la vida diaria en medio del brote sugiere lo contrario: la vejez aparece asociada con niveles de mayor bienestar emocional y menor estrés por la amenaza del COVID”, señalaron los psicólogos de la Universidad de Columbia al presentar la investigación.

LA EXCEPCIÓN A LA NORMA

Una de las pocas investigaciones sobre el bienestar emocional durante la pandemia que no encontró diferencias significativas relacionadas con la edad se basó en 226 adultos jóvenes y mayores del Bronx, uno de los distritos más desatendidos de Nueva York. En él las personas mayores a menudo viven con sus hijos y nietos, ayudando con las comidas, cuidando a los niños y ejerciendo en cierto modo un rol de co-paternidad. Estas condiciones de estrés adicional habrían sido, según concluyeron los investigadores, la razón de que entre ellos el nivel de bienestar emocional no aumentara con la edad.

Lo cierto que esta excepción a la norma refuerza en cierto modo la teoría del desarrollo emocional asociado al envejecimiento que vienen sosteniendo desde hace años muchos psicólogos. En términos sencillos, esta teoría plantea que cuando las personas son jóvenes sus objetivos y motivaciones apuntan generalmente a adquirir habilidades y correr riesgos que les aseguren un futuro mejor, lo que las somete a una fuerte presión emocional, pero al llegar a la mediana edad y volverse más conscientes de que el horizonte temporal, comienzan a volcarse hacia las actividades diarias más placenteras o con menos estrés.

RESILIENCIA

Para la profesora Silvia Gascón, directora de la Maestría en Gerontología de la Universidad ISalud y presidenta de la Red Mayor de La Plata, la respuesta a la pregunta de por qué los adultos mayores han sobrellevado emocionalmente mejor la pandemia se resume en la palabra “resiliencia”, un concepto que refiere a la propia capacidad de dejar las situaciones traumáticas atrás.

“Lo que muestran todos los estudios y encuestas hechas sobre el tema durante la pandemia, incluida la que hicimos en La Plata con la Red Mayor y HelpAge Internacional, es que las personas mayores tenemos en general una mayor resiliencia, es decir una mayor capacidad de asimilar las situaciones traumáticas, lo que se traduce en niveles más altos de bienestar emocional”, explica Silvia Gascón.

“Creo que eso tiene que ver con la historia de vida; con el hecho de haber atravesado antes situaciones críticas y haber podido superarlas –dice-. No hay que olvidarse que para nuestra generación de adultos mayores la pandemia no es una novedad: muchos de nosotros ya vivimos una con el brote de poliomielitis en nuestra niñez”,

La resiliencia, explica la psicogerontóloga, “se construye a lo largo de la vida enfrentando problemas y aprendiendo que uno puede adaptarse a sus desafíos. Qué mejor ejemplo de eso son todos los adultos mayores que antes de la pandemia apenas si podían usar una computadora y en el último año terminaron aprendiendo cosas nuevas por Zoom”.

“Por supuesto que hay que es importante aclarar que los adultos mayores no somos un grupo homogéneo y no todo el mundo tiene acceso a las mismas oportunidades –señala -. Pero en cualquier caso –dice-, la pandemia mostró a la sociedad nuestra enorme capacidad de adaptación, una capacidad que contradice la visión instalada de que los mayores somos personas frágiles y rígidas a las que nos cuesta cambiar”.

 FUENTE:
EL DIA

El impacto de la pandemia en las personas mayores

El impacto de la pandemia en las personas mayores

En el marco del Día Mundial de la Toma de Conciencia sobre el Abuso y Maltrato en la Vejez, se llevó a cabo el seminario online “Nuevas Formas de Discriminación y Maltrato hacia las Personas Mayores en Tiempos de COVID 19”, del que participaron asociaciones y referentes de todo el país, entre ellos nuestra presidenta, Silvia Gascón.

La profesora de la Universidad Isalud se refirió en su disertación al Impacto sociosanitario y económico de la pandemia en la vida de las personas mayores.

Compartimos su presentación:

 

En este enlace, compartimos la webinar completa:

 

 

La otra pandemia: mayores discriminados

La otra pandemia: mayores discriminados

La edad por sí misma no es una variable para caracterizar a una persona y tampoco debe ser un criterio para asignar recursos.

Por
Silvia Gascón(*)


La Asamblea General de Naciones Unidas declaró el 15 de junio de 1999 el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, para hacer visible la situación por la que atraviesan muchas personas mayores en el planeta.
Este año nos encuentra atravesando una Pandemia que nos muestra de manera casi obscena la presencia de un virus, que como tantos otros se ensaña con los más débiles.
Casi como una paradoja afecta con más fuerza a la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires, las más ricas del país, pero también las más contaminadas y contaminantes, las más agresivas, desiguales y violentas. Imposible no vincular el virus con lo que ha estado pasando y pasa. La explosión del virus desenmascara todo lo que venimos haciendo mal. Nos obliga a pensar hasta cuando consideraremos “normal” vivir bajo unas reglas de juego que privilegian a algunos y condenan a la mayoría a la exclusión y la pobreza.
Las personas mayores padecemos, con diferencias, dos vulnerabilidades. Una biológica, porque así como el virus puede ser asintomático en otras edades, su efecto en personas mayores especialmente aquellas con enfermedades prexistentes, puede ser letal. Pero este riesgo biológico se ve agravado por otra vulnerabilidad, la social, ya que por el sólo hecho de haber alcanzado una determinada edad, esta población se encuentra expuesta a sufrir el avasallamiento de sus derechos fundamentales. De hecho las personas mayores requieren un esfuerzo adicional para incorporarse a los sistemas sociosanitarios y se encuentran más propensos a la exclusión social.
Vivimos en una sociedad impregnada de “viejismo” o “edadismo”, término acuñado para identificar la discriminación y estereotipos asociados a la edad que nos presentan una imagen negativa de la vejez asociada a la enfermedad, discapacidad. Como seres carentes de autonomía, asexuados, aislados, improductivos y sin probabilidad de seguir aprendiendo. Esta visión sin dudas tiene repercusiones en las políticas públicas y los sistemas de atención y genera actitudes muy perjudiciales incluso, en las propias personas mayores.
La epidemia de COVID-19 develó crudamente esta situación, pone a los mayores en agenda, pero lo hace desde el lado de su vulnerabilidad. La frecuente infantilización y sobreprotección expresada a través de frases como “Cuidemos a los abuelos” o “nuestros mayores” lo expresan claramente y asimila a un grupo cuya principal característica es la heterogeneidad, como si fuera un “colectivo” único.
La edad por sí misma, no es una variable para caracterizar a una persona y tampoco debe ser un criterio para asignar recursos. Imprescindible señalarlo.
La Pandemia no es solo un hecho sanitario, es sobre todo un hecho social, que nos replantea nuevas formas de vida, cambios en las instituciones, normas y valores vigentes.
Las personas de 60 años y más es el grupo que más de acuerdo está con la Cuarentena y más del 60 % se ha quejado del control externo. A través de los años hemos cuidado y nos sabemos cuidar.
Pero ya no hay alternativa es hora de que las propias personas mayores tomemos el control de nuestras vidas, exijamos se respeten nuestros derechos y demos otra vez una lucha por un mundo más justo para todas las edades. Estoy segura que nuestros hijos y nietos nos acompañarán.
Que este 15 de junio aumente la conciencia acerca del buen trato y respeto a la vejez.

(*) Directora del centro de Envejecimiento Universidad Isalud. Presidenta de la Red Mayor La Plata

Columna publicada en la edición del 15 de junio del Diario EL DÍA de La Plata. Ver artículo original haciendo clic acá

Audio: Nélida Redondo en “Todo no se puede” en La Cielo

Audio: Nélida Redondo en “Todo no se puede” en La Cielo

Nélida Redondo, Directora de Investigaciones de la Fundación SIDOM, y colaboradora permanente de Red Mayor La Plata, fue entrevistada en el programa radial “Todo no se puede”, que se emite por La Cielo 103.5, en donde se refirió a la situación de los geriátricos en el marco de la pandemia COVID-19.

Escuchá la nota acá: