“Las actitudes de viejismo tienen un efecto muy negativo”

“Las actitudes de viejismo tienen un efecto muy negativo”

Una opinión de Silvia Gascón sobre la imagen de la vejez y el envejecimiento que acompañó un artículo sobre “viejismos” en el Diario EL DIA de La Plata en su edición del domingo 17 de abril de 2022.

La imagen de la vejez y el envejecimiento son el producto de una construcción social; esto quiere decir que no existe una definición universal y para siempre de lo que significa el envejecimiento, ni siquiera cuando comienza, sino que es el resultado de representaciones sociales, imágenes, ideas acerca de algo, que son incorporadas por las propias personas mayores, sus familias y la sociedad toda.

Cada vez se utiliza menos la edad cronológica para definir roles y funciones sociales asociados a la vejez e incluso para determinar la salud de las personas. Tener más de 60 ó 65 años no implica dejar de trabajar, por el contrario, puede ser la etapa de mayor producción. Por supuesto no es lo mismo ser artista, científico o político y vivir en una gran ciudad, o ser trabajadora/a rural en una pequeña aldea sin acceso a servicios mínimos.

En las sociedades en las que la esperanza de vida es corta, ser mayor o anciano puede aplicarse a una edad que otras sociedades definirían como joven. Para el caso particular de las mujeres, en algunas sociedades la menopausia se considera el comienzo de la vejez; en otras, en cambio, una nueva etapa en un camino de liberación y de posibilidad de mejora en relación a temas de salud y bienestar psicológico y emocional. Es por ello que hablamos de vejeces y no de vejez, ya que se trata de un grupo cuya principal característica es su heterogeneidad.

Pese al aumento de la expectativa de vida, pese a que las personas mayores contribuyen a diario a sus familias y comunidades, más allá de los ejemplos de personas de edad avanzada que descollan en diferentes disciplinas, la percepción social sobre las personas mayores es básicamente negativa. Es lo que el Papa Francisco ha llamado “la cultura del descarte” y pone en evidencia la baja consideración, cuando no la invisibilidad, a la que se ven expuestos los mayores, la falta de respeto y desconocimiento de sus hábitos, preferencias y costumbres, la baja adecuación del sistema sociosanitario y las limitaciones de servicios y prestaciones en función de la edad, la escasez de recurso humano capacitado para comprender el proceso de envejecimiento, así como normativas expresas que limitan el acceso a créditos, a oportunidades educativas o laborales y la nula adaptación de las ciudades a las características de la población mayor.

Pero también existen otras formas más sutiles de discriminación, que se expresan en el no reconocimiento de las contribuciones que siguen haciendo a sus familias y comunidades, o la toma de decisiones en asuntos que los afectan, e incluso en el trato descortés e infantilizado cuando se les habla en diminutivo o se los trata de abuelito, como si fuera el único rol válido para una persona mayor.

Y de esto se trata el Edadismo o Viejismo: la valorización despectiva de una persona por el solo hecho de haber llegado a una determinada edad. Y se construye a partir de tres elementos: lo que pienso, es decir los estereotipos, los prejuicios, lo que siento hacia las personas mayores y como consecuencia de ello lo que hago: discrimino, expulso, excluyo.

Es interesante además que las personas mayores constituyen el único grupo discriminado del cuál aquellos que discriminan van a formar parte algún día. Y particularmente que quienes más miedo tienen a envejecer, sean los que más discriminan.

Las actitudes de viejismo tienen un efecto muy negativo en la salud y el bienestar psicológico de las personas mayores, y pueden estimular el abuso, el abandono y la aceptación del uso de violencia contra sí mismos.

Es momento para reflexionar acerca del lugar que les damos a las personas mayores en nuestra sociedad. No se trata de lucha entre generaciones, todo lo contrario, es imprescindible que la solidaridad recobre su valor. Es entre todos que vamos a construir una sociedad para todas las edades, en la que nadie quede atrás. Estamos seguros que nuestros hijos y nietos nos acompañarán.

(*) Silvia Gascón es presidenta de Red Mayor La Plata.
D
irectora del Centro de Envejecimiento Activo
y Longevidad de la Universidad Isalud.

La situación de las residencias en la ciudad de La Plata

La situación de las residencias en la ciudad de La Plata

En oportunidad de su última visita a nuestra ciudad, el profesor Peter Lloyd Sherlock, de la Universidad británica de East Anglia, presentó un estudio sobre lo que bien podría considerarse una marcada práctica de “viejismo”. Es que junto a un grupo de profesionales, con la colaboración de la ONG platense Red Mayor, había realizado una investigación sobre como se trataba a los adultos mayores en los geriátricos de nuestra ciudad. Y los resultados, fueron de una contundencia escalofriante.

“Una de las cosas que más nos impresionó del estudio – señalaba la investigación – es que ninguno de los treinta geriátricos evaluados en la ciudad de La Plata requería el consentimiento informado de las personas mayores para su admisión. Les bastaba solamente la firma de un familiar y demostrar que se podía pagar. Y aunque en uno de ellos exigían conocer a las personas antes de admitirlas, la entrevista no era para averiguar si ellas estaban de acuerdo con quedarse a vivir ahí, sino para determinar si su grado de dependencia podía ser problemático”.

“Esta situación – explicaban por su parte desde la Red Mayor – atenta contra uno de los principales derechos de las personas mayores, que es el derecho a la autonomía, la capacidad de participar en las decisiones que afectan nuestras vidas incluso en la vejez; pero además es una práctica que viola lo establecido por el marco regulatorio de la actividad”.

A su vez, la investigación también señalaba como “especialmente preocupante”, que “muchos adultos no habían llegado a los geriátricos por sus propias necesidades de cuidado, sino por una decisión de sus familiares, que en ocasiones implicaba alguna forma de abuso económico o abandono”.

Entre otros maltratos, una de las prácticas cuestionables que el informe refería como habitual en la mayoría de los geriátricos platenses era el uso de pañales de manera rutinaria, ya sean estos necesarios o no.

Finalmente, a modo de conclusión, la investigación realizada en nuestra ciudad señalaba que “el riesgo de pasar por alto el consentimiento informado como si fuera un trámite menor es que da lugar a un gran número de internaciones innecesarias y contra la voluntad. Contra las recomendaciones –que indican la internación cuando el grado de dependencia de la persona exige más de ocho horas de acompañamiento para realizar sus actividades cotidianas-, hoy la principal causa de internación es la falta de una red familiar, donde muchas veces se interna a los mayores porque no hay quien los cuide, o directamente para apropiarse de sus bienes”.

Fuente
EL DIA

“Viejismo”: la discriminación que sufren muchos mayores

“Viejismo”: la discriminación que sufren muchos mayores

Muchas veces es algo que pasa desapercibido, que nadie nota, salvo quien lo padece. Son actitudes, formas de comportarse frente al otro que implican un menoscabo solo por tener una edad determinada. Se trata, en definitiva, de un grado de discriminación que técnicamente se define como “edadismo”, aunque cuando esas actitudes y discriminaciones se direccionan a una persona mayor, ya pasa a ser algo que se denomina “viejismo”.

Fue en 1968 cuando el psiquiatra norteamericano Robert Butler acuñó el término “viejismo” para referirse al proceso de elaboración de estereotipos y discriminación sistemática contra las personas solo debido al hecho de que sean mayores. El mismo Butler argumentó que “el viejismo” se manifiesta a partir de actitudes, comportamientos, prácticas y políticas institucionales discriminatorias dirigidas en contra de las personas envejecidas. Y en nuestro país, fue el psicoanalista Leopoldo Salvarezza quien introdujo en sus estudios aquel concepto, al definir al viejismo como “una forma de edadismo aplicado a los viejos”, al que definió como “el prejuicio que se establece hacia las personas por su edad acumulada”.

MÚLTIPLES FACTORES

En este marco, y mientras diversas proyecciones demográficas muestran un crecimiento constante de la población adulta mayor, los gerontólogos definen que el concepto de vejez va mutando con el tiempo y depende de muchos factores, como determinantes de salud, lugar de residencia, nivel de educación, tipo de alimentación y procedencia, y que el “viejismo” abarca tres aspectos principales: actitudes perjudiciales hacia la vejez y el proceso de envejecimiento; prácticas discriminatorias, y políticas institucionales que perpetúan ciertos estereotipos sobre las personas mayores.

“El viejismo en la actualidad -explica la gerontóloga Verónica Montes de Oca- es una grave forma de discriminación como lo son también el sexismo, racismo o clasismo, entre otras, pues expresa una relación de poder de un grupo sobre otro. El viejismo generalmente se manifiesta cuando se sobrevaloran los rasgos y características de un grupo de población joven por sobre el de los y las mayores. El viejismo es una forma de edadismo que confronta a generaciones jóvenes contra mayores a partir de un conflicto basado en prejuicios y estereotipos, obstaculizando un vínculo que es interdependiente y que ocurre cotidianamente en los espacios familiares, sociales y comunitarios en donde existe la convivencia entre los distintos grupos etarios”.

“En la actualidad – señala por su parte la psicogerontóloga Agueda Borzanic – el viejismo es una tendencia, un sesgo del pensamiento, por el cual uno mira a determinadas personas de determinada manera. Hay muchos tipos de discriminación, como también se hace con el gordismo, que es hacia las personas que tienen sobrepeso, pero que en el viejismo apunta a las personas que tienen mayor edad que uno, pero en especial a las personas de más de 60 años, consistente, por ejemplo, en pensar que la gente de más de 60 años es inútil, descartable, que no puede trabajar, que no se puede divertir, que no puede tener sexo, que no puede bailar, que no es una persona útil para la sociedad, y que es una carga, cuando claramente esto no es así, ya que una persona que llegó a los 60 años tiene la posibilidad de vivir casi tantos años como los que vivió de adulto, por lo menos, 25 o 30 años más. Es una persona que tiene mucho para dar”.

A su vez, el también psicogerontólogo Ricardo Iacub, refiere que “este tipo de discriminación, de abuso e incluso de violencia hacia las personas mayores, es poco reconocida socialmente, a diferencia de otras minorías que supieron reivindicar sus derechos y que en alguna medida las críticas, las burlas, las distintas formas de violencia cultural, estructura o directas que se profieren hacía ellos fueron siendo limitadas, lo que no ocurre con los mayores, ya que todavía hay una especie de aceptación de que viejos son los otros, o que es una enfermedad que se puede tener en algún momento, cuando en realidad es un período de la vida con situaciones positivas y negativas como otras, y que cuando hablamos de envejecer no estamos hablando de nada negativo, sino simplemente de un período que puede ser vivido de muy diversas maneras”.

A FAVOR DE LOS AÑOS

Tradicionalmente, se consideró que la vejez estaba asociada de manera casi exclusiva con pérdidas y déficits. Sin embargo, múltiples investigaciones han demostrado que en esta etapa vital también se presentan muchas ganancias, como por ejemplo que los niveles de regulación emocional, bienestar, satisfacción vital y felicidad, presentan valores más elevados en la vejez que en la mediana edad. Estos y otros hallazgos sobre aspectos positivos en la vejez han dado lugar al desarrollo de prácticas positivas, entendiéndose como tales las destinadas a promover el bienestar, en lugar de disminuir la patología o el sufrimiento.

No obstante, continúan manifestándose pensamientos y sentimientos negativos frente a alguien al que se le atribuye una determinada edad.

“Hay un viejismo explícito -sostiene Iacub- a partir del cual hay gente que considera que envejecer puede ser negativo, pensamientos atravesados por formas prejuiciosas que generan que la mirada que tengamos conscientemente acerca de los viejos sea mas negativa de lo que verdaderamente sucede. Por ejemplo, hay un reflejo que vemos en lo cotidiano al decir “qué joven estás” como si fuera un halago, expresiones que nos muestran el desprecio que hay a todo lo que refiere a la vejez, al deterioro y no al desarrollo que uno pueda alcanzar, a la desconsideración, al envejecimiento laboral”.

Por otro lado -añade el psicogerontólogo- está el viejismo implícito, que es más difícil de reconocer porque son prejuicios de tipo inconscientes. Por ejemplo cuando si se muestra una imagen de una persona mayor en una actitud sexual, muy posiblemente aparezca asociada la idea de ´viejo verde´, o cuando se le sigue agregando el mote de ´abuelo´ cuando algunos no lo sean. En definitiva, a diferencia de otras minorías, la burla contra una persona mayor se toma con naturalidad, lo que muestra que aún no tenemos defensas como sociedad frente a estos abusos y malos tratos, por lo que es un debate que nos debemos como sociedad”.

Fuente
EL DIA

“Se necesita mayor compromiso de la comunidad”

“Se necesita mayor compromiso de la comunidad”

Los delitos a los que estamos asistiendo en los últimos tiempos están enmarcados en fenómenos de altísima violencia social. No se trata sólo de robar, sino de hacer daño, lastimar y hasta matar a aquellas personas a las que se ataca. En el caso de las personas mayores están siendo desde hace tiempo blanco preferido de los delincuentes.

La mayoría de ellas lo saben y han modificado sus patrones de conducta y modos de vida. Han cambiado horarios de encuentros, protegido sus viviendas con rejas y hasta alarmas cuando el bolsillo lo permite, participan de redes vecinales, se alertan y cuidan entre vecinos y comerciantes. Sin embargo es necesario insistir en ello. Porque la prevención de la violencia y el delito también es un fenómeno complejo y no puede recaer exclusivamente en la responsabilidad de los mayores.

Las formas de delito han cambiado. Y los modos de prevención también deben hacerlo. Son necesarias mas rondas preventivas de la policía, sistemas de alarmas municipales, más iluminación en los barrios, ocupación de los espacios públicos por parte de la comunidad. Pero no alcanzará tampoco. Por supuesto que hay una responsabilidad ineludible de los gobiernos y la policía, pero también deben comprometerse las comunidades, asociaciones y empresas.

En este marco, es clave el accionar de los bancos. ¿Porque las personas siguen guardando el dinero en sus casas? ¿Desconfianza en los bancos? ¿Temor a usar la tarjeta? ¿Desconocimiento de procedimientos para utilizar transacciones digitales?

En los estudios realizados en el marco del programa ciudades amigables con las personas mayores, ellos mismos han definido como principales enemigos a los bancos. No sólo por las indignantes filas y esperas, sino además por la falta absoluta de acciones que ayuden a integrarlos y facilitarles el acercamiento a las nuevas tecnologías.

Por otro lado surgen nuevas formas del delito. La utilización de las tarjetas de débito por extraños, el despojo del dinero de las cuentas, las diversas formas de fraude telefónico, son hoy moneda corriente. Y cuál es la respuesta de los gerentes: “Eso no sucede”. Cómo recuperar la confianza cuando quienes deben asumir responsabilidades no lo hacen. No se trata sólo de pensar en cómo prevenir el delito, sino en re-pensar que nos pasa como sociedad que hemos dejado de proteger y reconocer los derechos de los ciudadanos mayores.

Silvia Gascón
Presidenta de RED MAYOR
Artículo publicado en el diario EL DIA

Recomendaciones para evitar ciberdelitos, estafas y robos

Recomendaciones para evitar ciberdelitos, estafas y robos

Desde la Red Mayor de La Plata se elaboró oportunamente una serie de consejos para que los adultos mayores mejoren la prevención de las acciones delictivas y la violencia urbana.

Esas medidas tienen en cuenta previsiones a tomar en la propia casa, en la calle, o al viajar en transporte público, entre otras circunstancias.

Para el momento en que la persona está en su casa algunas de las medidas propuestas son las siguientes:

  • Cerrar bien las ventanas y puertas con cerraduras adecuadas. No abrir la puerta a nadie que no conozca.
  • Mantener el interior y el exterior de la casa durante la noche con una luz permanente, vigilar que las persianas sean seguras y se encuentren bajas.
  • También se recomienda a las personas adultas mayores que viven solas, no comentar esa circunstancia con extraños.
  • Por otra parte, se recomienda disponer de una buena red de contactos y apoyos: con la portería del edificio, los vecinos, y tener siempre a mano sus números telefónicos y otros teléfonos útiles y de emergencia.
  • Las recomendaciones para cuando se sale a la calle incluyen no lleve más dinero del que necesita, mantener la cartera y/ o billetera al alcance de la vista, evitar caminar solo de noche, y tratar de que un amigo o familiar acompañe.
  • Al volver a su hogar, se recomienda siempre tener las llaves a mano, observar que no haya personas merodeando, o dentro de la casa. “Ante la duda, no entre”, recomiendan desde la Red.
  • Al mismo tiempo y al referirse al momento de viajar en un transporte publico recomiendan cuidar las pertenencias.
  • “Si usted está manejando y sospecha que alguien lo está siguiendo, diríjase hacia el lugar público más cercano, estacione allí y avise lo que sucede. Trabe sus puertas y ventanillas”, sugiere en el caso de viajar en auto propio.

La Red Mayor también elaboró consejos para proteger el dinero. Entre ellos, el de no guardar importantes sumas en la casa.

  •  Recomienda a su vez no hacer comentarios al respecto si se vende una propiedad o se recibe dinero. También sugiere a ir siempre acompañado si se tiene que ir al banco.
  •  “No firme compromisos de pago o contrato si no está seguro de todos los detalles y de que exista una legítima razón”, aconseja.

En otro apartado se refiere a las estafas más comunes y en ese sentido recomienda:

  •  “No acepte realizar servicios de arreglos de ninguna especie que usted no haya solicitado (teléfono, luz, gas, plomería, etc.)”.
  •  También aconseja: “no deje que lo que tienten con dinero fácil. No acepte recibir devoluciones de dinero o valores en relación a familiares o conocidos, por más que se mencionen sus nombres”.
  •  Recomienda a su vez tener cuidado con las ofertas inesperadas o no solicitadas de mejoras a su vivienda, que van de puerta en puerta.
  • Con relación a los asaltos, la recomendación es no resistirse.

Los consejos concluyen subrayando que “prevenir no es encerrarse. Haga cadenas con sus vecinos y familiares, tenga sus teléfonos a mano y participe de espacios de mutuo apoyo”.

CIBERDELITO

Por otra parte y según datos de organismos internacionales, la pandemia produjo un incremento del ciberdelito, la mayor parte de cuyas víctimas son mayores de 50 años.

El ciberdelito en el mundo creció casi un 3.000% tras el giro masivo de usuarios a los canales digitales durante la pandemia, según datos de la Unidad Fiscal Especializada en Ciberdelincuencia (UFECI).

Los que siguen son algunos consejos de especialistas para que los adultos mayores eviten los ciberdelitos:

  • Compre a través de sitios oficiales o tiendas en línea de empresas comerciales reconocidas.
  •  Realice la compra a través de una conexión segura e intente evitar las redes WiFi públicas y las conexiones abiertas de bares o restaurantes, por ejemplo.
  •  Acceda al sitio de interés desde un motor de búsqueda o escribiendo la URL.
  •  Evite comprar a través de enlaces que lleguen por SMS, redes sociales, WhatsApp o por correo.
  •  Evite ingresar los datos de la tarjeta dos veces, en caso de fallas en el pago, hasta que esté seguro de que no se ha realizado un cargo en la tarjeta.
  •  Desconfíe de los precios demasiado bajos y compruebe la posibilidad de devoluciones. De lo contrario, no es recomendable realizar la compra.

Fuente:
EL DIA

Cómo se adaptan las ciudades a la población cada vez más mayor

Cómo se adaptan las ciudades a la población cada vez más mayor

Las personas mayores representan un porcentaje cada vez más alto de la población y para 2030 superarán la proporción de niños y niñas. Un informe de Naciones Unidas de 2017 le puso números a esta tendencia que se aprecia en cada rincón del planeta. Desde 1980 hasta 2017, la cifra de quienes tienen más de 60 años se duplicó y alcanzó los 962 millones. Y se estima que para 2050 volverá a multiplicarse y llegará a los 2.000 millones.

Esta tendencia global también se ve en América Latina. En Cuba, Puerto Rico y Uruguay, el 15 % de la población tiene más de 60 años. En la Argentina, el porcentaje llega a 11. En la Ciudad de Buenos Aires hay un 22 % de personas de más de 65. “El aumento de la expectativa de vida es fantástico, pero los sistemas deben adaptarse”, reflexiona al respecto Silvia Gascón, directora del Centro de Envejecimiento Activo y Longevidad de la Universidad Isalud, de Buenos Aires.

Lo mismo señala un informe publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) titulado Las ciudades como espacios de oportunidades para todos: cómo construir espacios públicos para personas con discapacidad, niños y mayores. Allí se lee: “La mayor longevidad presenta nuevos desafíos y oportunidades para todos los Gobiernos locales”.

El texto destaca que uno de los desafíos principales para las personas mayores es la movilidad reducida, algo que también afecta a muchas personas con discapacidad. Y esto no es un detalle menor porque puede “contribuir a una vulnerabilidad social más amplia”. Se trata de una población más propensa a problemas como “la pobreza, la falta de vivienda, el aislamiento social y enfermedades mentales”.

“Los problemas de movilidad suelen limitar la capacidad de una persona de viajar de manera cómoda y segura en transporte público o en un vehículo privado. También es posible que alteren la sensación de comodidad, seguridad y pertenencia en los espacios públicos como parques, plazas y otros espacios comunitarios”, dice el informe.

“La falta de movilidad propicia una gran cantidad de síntomas depresivos y ansiedad. Cuando la ciudad no da seguridad (en sus calles y transporte), las personas mayores deciden no salir. La salud de las personas mayores depende mucho de su contacto social, esto se vio en la pandemia”, aporta Verónica Zenaida Montes de Oca Zavala, socióloga y coordinadora del Seminario Universitario Interdisciplinario sobre Envejecimiento y Vejez de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

A esto se suma que las personas mayores muchas veces no están económicamente activas (no tributan) y, a la vez, implican mayores gastos para el Estado.

En este contexto, el propio BID destaca un modelo que puede ser de inspiración para que los centros urbanos sean más inclusivos con las personas mayores, lo que genera oportunidades de desarrollo social y económico: el de la ciudad de Málaga.

El modelo

La europea es una de las poblaciones con más proporción de personas mayores, con alrededor del 20 %. Y se calcula que para 2035, España tendrá un 42 % de habitantes con más de 60 años, lo que la convertirá en el segundo país del mundo en este ránking (solo por detrás de Japón).

Málaga es la sexta urbe del país, con una población de 573.000 habitantes, el 17,4 % con más de 65 años. La ciudad andaluza ha trabajado desde mediados de 1990 en un plan para mejorar la inclusión de personas mayores o con discapacidad que tengan movilidad reducida. Una estrategia que ayuda, según destaca el BID, no solo a mejorar la accesibilidad de sus habitantes, sino también a mejorar la economía del turismo.

Málaga, situada sobre el mar Mediterráneo, es una ciudad turística que también atrae por la accesibilidad para personas mayores. (Imagen: gentileza Ayuntamiento de Málaga) Málaga, situada sobre el mar Mediterráneo, es una ciudad turística que también atrae por la accesibilidad para personas mayores. (Imagen: gentileza Ayuntamiento de Málaga)

Cuando se piensa en la inclusión de personas con movilidad reducida es habitual imaginarse infraestructura de calles, veredas o edificios públicos, pero el concepto es más amplio que las adaptaciones físicas: implica también estimular la participación de esta población en la vida pública y fomentar su interacción social.

El plan de Málaga persigue tres objetivos:

-Promover actividades dirigidas a personas mayores para ayudarlas a encontrar un propósito y disminuir el aislamiento social.

-Prevenir problemas de salud física y mental.

-Fomentar la participación de las personas mayores residentes en el ámbito público y en la toma de decisiones de la ciudad.

Para lograrlo, son clave las 96 asociaciones de mayores que hay en la ciudad, con actividades gratuitas que abarcan desde talleres de teatro hasta clínicas de salud cognitiva y cursos de alfabetización digital. También tienen representantes que mensualmente se reúnen con el personal del Área de Derechos Sociales del ayuntamiento.

“La presencia de asociaciones de mayores en los barrios y de centros sociales como punto de encuentro facilita las relaciones, promueve la participación, la inclusión social y contribuye al desarrollo comunitario”, destacan desde el ayuntamiento. Y aclaran que las reuniones se han sostenido durante la pandemia, aunque los calendarios se han adaptado y se han aplicado protocolos sanitarios.

En esos encuentros, las personas mayores hacen propuestas que son escuchadas. “[Quienes presiden las asociaciones] son mi equipo. Es una relación de iguales”, le contó Francisca Ramos Montero, jefa de la Sección de Mayores dentro del Área de Derechos Sociales, al BID. Y dijo: “No podemos hacer todo lo que queremos, pero podemos empoderar a las personas residentes”.

El trabajo se complementa con los centros sociales: edificios solicitados al Estado por las asociaciones para brindar los talleres o compartir momentos de recreación, como juegos de carta o charlas. Hoy son unos 50 y tienen una función social clave, en una ciudad donde un cuarto de las personas mayores vive sola.

En estos lugares, según destaca el informe del BID, “algunos talleres son impartidos por sus integrantes, lo que les brinda oportunidades de liderazgo, mientras que otros son impartidos por jóvenes voluntarias y voluntarios para fomentar vínculos intergeneracionales”.

“Las relaciones son un pilar importante para las personas mayores. La pandemia ha frenado la posibilidad de relacionarse al permanecer confinadas y restringir el contacto social y esto ha tenido consecuencias negativas en la calidad de vida”, acotan vía e-mail desde el Departamento de Comunicación del ayuntamiento. Los centros, además de ser un espacio accesible, están ubicados en la cercanía de zonas con gran concentración de personas mayores.

Durante la pandemia los talleres se dictaron en formato virtual y mediante llamadas telefónicas se hizo un seguimiento de la población adulta mayor. A su vez, se hizo un especial foco en contactar a personas mayores de 80 años que viven solas: se las llamó por teléfono y se hizo un diagnóstico sobre su situación de vulnerabilidad para atender sus necesidades. Se realizaron 4.166 llamadas.

Empoderar y visibilizar

Espacios como las asociaciones han servido también para empoderar a las personas mayores, al estimularlas a crear sus propias iniciativas, como una revista o una radio.

A su vez, el ida y vuelta entre los líderes y el ayuntamiento le sirve al Estado local para ahorrar recursos, ya que se reduce el presupuesto en personal que interviene en una comunidad.

Al mismo tiempo, para mejorar la participación y la visibilidad de las personas mayores, se aprovechan eventos comunitarios. Por ejemplo, se organizan festividades públicas centradas en ellas, como el Carnaval del Mayor, la Semana del Mayor y el Día Internacional de las Personas Mayores.

Finalmente, la cuestión edilicia es otro de los ejes en los que trabaja el Gobierno de Málaga. En cuanto a las viviendas, exige que el 2 % de las unidades nuevas estén equipadas para personas con discapacidad. Además, subvenciona a los residentes mayores con bajos ingresos para acceder a una casa y cuenta con un programa para instalar ascensores adonde no los haya. El ayuntamiento también lleva adelante el Proyecto de Vida Independiente, que provee viviendas a personas con discapacidad provenientes de instituciones para que vivan con más autonomía.

Acerca de los lugares públicos, se ha puesto énfasis en la creación y acondicionamiento de más de 100 parques accesibles con aparatos de gimnasia. “El de Málaga es un modelo sumamente interesante que piensa en el curso de la vida y su adaptabilidad. No solo piensa en las personas mayores, sino en el proceso de envejecer y también en aquellos que pueden tener un accidente que limite su independencia. Esto tiene que ver con el modelo de ciudades inteligentes, que se adaptan a las poblaciones. Hemos pensado que las poblaciones deben adaptarse a las ciudades, lo que ha generado mucha exclusión”, analiza Montes de Oca Zavala.

El panorama en América Latina

“No podés hacer la misma política para todos. La única forma de hacer que las ciudades incluyan a las personas mayores es ir y preguntar”, destaca Gascón, de la Universidad Isalud. “Los países modelo no planifican en el aire, porque en cada lugar los motivos que excluyen a personas mayores pueden ser diferentes”, agrega.

En 2006, Gascón comenzó a trabajar en el proyecto de la Red Mundial de Ciudades y Comunidades Amigables con las personas mayores (GNAFCC por sus siglas en inglés) de la Organización Mundial de la Salud. Se trata de una red de centros urbanos con gestiones que buscan incluir a la población mayor y fomentar un envejecimiento activo. Hoy esa red cuenta con más de 1.000 ciudades del mundo.

Para ser parte, cada intendente debe enviar una carta a la OMS. Luego, la ciudad tiene un plazo para establecer una serie de mejoras en accesibilidad.

Si bien América es el continente con más ciudades amigables, la gran mayoría están en los Estados Unidos (unas 383, según señala la Organización Panamericana de la Salud). En América Latina hay 251, 192 de ellas en Chile. Gascón aclara, además, que muchas de las ciudades de la región forman parte de la red por haberlo solicitado pero aún no implementaron mejoras de accesibilidad.

Silvia Gascón trabaja desde 2006 en el Proyecto Ciudades Amigables de la Organización Mundial de la Salud. (Imagen: gentileza) Silvia Gascón trabaja desde 2006 en el Proyecto Ciudades Amigables de la Organización Mundial de la Salud.

“Desgraciadamente, el panorama en América Latina aún viene lento, con poca aceptación. El espacio es un ámbito de poder y en muchas ciudades de la región el espacio se ha privatizado. Muchas tienen un modelo adultocéntrico, piensan solamente en las personas que van a trabajar y no en las mayores o con discapacidad, o que son cuidadas o en las mujeres que se dedican a tareas de cuidado”, considera Montes de Oca, quien es parte de la Red Latinoamericana de Gerontología. Y agrega: “Son pocas las ciudades que realmente han establecido parámetros como los de Málaga o de la red de ciudades amigables”.

“El Estado debe considerar varios factores. El más relevante es la seguridad económica, que garantiza la satisfacción de las necesidades básicas como vivienda, alimentación, servicios públicos. Luego, la infraestructura pública de los entornos, el transporte, los servicios urbanos, que favorecen no solo la pertenencia y disfrute de la vida en colectivo sino las posibilidades de participación social”, dice Ángela María Jaramillo De Mendoza, socióloga y profesora en la Universidad Javeriana de Colombia y también miembro de la Red Latinoamericana de Gerontología, que además destaca la importancia de brindar opciones educativas para adultos mayores.

Para Gascón es clave la metodología que propone el Proyecto Ciudades Amigables: el de escuchar a las personas mayores y que sean ellas quienes señalen qué es lo que las excluye. Para eso, se deben realizar grupos focales en los que se le consulta a esta población sobre sus experiencias en ocho ámbitos: espacios públicos, transporte, vivienda, participación social, respeto e inclusión social, participación cívica, comunicación e información.

“Lo que tiene este proyecto es que va más allá de la accesibilidad física: evalúa otras dimensiones de la vida de los seres humanos que tienen que ver con la inclusión, con el lugar que la sociedad te da para estar activo, más allá de los años”, sintetiza.

Gascón llevó a cabo un estudio en ciudades de la Argentina, y lo que más señalaron las poblaciones mayores fueron: “La inseguridad derivada de la elevada criminalidad y delincuencia, las veredas rotas y la falta de mantenimiento de los espacios verdes, la inadecuación del transporte público ―tanto por el recorrido como por las características de las unidades―, la falta de cumplimiento de las normas básicas de tránsito y la inaccesibilidad de los edificios. También se registra opinión unánime sobre las desventajas de los servicios de salud disponibles para las personas mayores, en sus tres modalidades de cobertura: público, de obras sociales y privado”.

Al mismo tiempo, otros dos fenómenos especialmente preocupantes que se perciben en toda Latinoamérica son el denominado “maltrato tecnológico” en particular y los malos tratos cotidianos en general.

Sobre el primero, Gascón aclara que ya desde antes de la pandemia se les exigía a las personas mayores completar muchos formularios en línea sin que supieran cómo o se les negaba la atención personalizada en el banco y se les demandaba que hicieran sus trámites por el cajero. Lógicamente, esto se incrementó por la COVID-19.

Sobre la falta de respeto, a la especialista le preocupa el “viejismo”, el prejuicio y la discriminación contra personas mayores. “Muchas sienten que los jóvenes se las llevan por delante”, dice.

Gascón también destaca que hacer estos diagnósticos permite llevar adelante planes de acción, los cuales muchas veces implican prácticas sencillas, “como hacer un curso de capacitación para choferes, para que sean más respetuosos y acerquen el colectivo a la vereda en las paradas”. La especialista explica que promover la inclusión tiene mucho que ver con simplemente visibilizar a las personas mayores. “En uno de estos cursos, un chofer se puso a llorar y a decir: ‘Nunca me imaginé que mi mamá podía sufrir por estas cosas’”, agrega como ejemplo.

“El Estado también puede ayudar mucho con programas intergeneracionales que promuevan el encuentro entre jóvenes y personas mayores. Por ejemplo, cuando comenzó la campaña de vacunación en la provincia de Buenos Aires, había que inscribirse en formularios digitales, entonces entre varias universidades hicimos un acuerdo para que los jóvenes buscaran a los mayores y los ayudaran”, agrega.

Este tipo de acciones, dice Gascón, ayudan a cambiar la concepción sobre las personas mayores. “Ver que tenemos todavía, y quizás por mucho tiempo, deseos, preferencias —dice, incluyéndose—. No somos solo personas que necesitamos, sino que también tenemos derechos y, además, mucho para aportar”.

 

Esta nota, publica en Infobae por David Flier,
forma parte de la plataforma
Soluciones para América Latina,
una alianza entre INFOBAE y RED/ACCIÓN