La población “pasiva” no para de crecer. Como muestra basta detenerse en una cifra: según el Registro Nacional de las Personas viven en el país 15.491 adultos mayores de 100 o más años y estiman desde el INDEC que el número se triplicará en 20 años. Antes, lo más común, cuando la persona empezaba a perder capacidades, era llevarla a un geriátrico. Hoy, los especialistas recomiendan opciones intermedias como la asistencia con cuidadores o la posibilidad de ir a un hogar solo a pasar el día. Sin embargo, no es fácil acceder a estos “grises”. Las alternativas gratuitas son limitadas y las pagas, muy costosas.
“No es bueno internar a alguien que no lo necesita porque se vuelve más dependiente. Hay investigaciones que muestran que cuando una persona ingresa a una residencia y deja de utilizar dinero, pierde memoria. Pasa lo mismo con otras habilidades cognitivas”, explica Ricardo Iacub, titular de Psicología de la Tercera Edad en la UBA.
De ahí la importancia de adaptar la asistencia a la persona. “Si requiere ayuda leve, puede tener un acompañante domiciliario entre 2 o 3 horas por día. Hay centros u hospitales de día en los que pueden aprender computación, hacer yoga, participar de un taller para la memoria e interactuar con otros. También existen cursos universitarios para adultos mayores”, remarca Iacub, que suma como estrategia la teleasistencia, un “botón antipánico” que puede activar el adulto mayor si se cae o se siente mal.
El gerontólogo Eugenio Semino, que es director de Tercera Edad de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aries, advierte que las opciones intermedias “son limitadas”. “Acceden pocos por diferentes razones: no hay suficientes cupos, solo hay oferta en grandes centros urbanos o los servicios resultan caros”, apunta Semino. “No puede ser que pasemos de la autonomía total a la internación, pero eso ocurre mucho. El geriátrico es una antigüedad. Además, alojar en este tipo de sitios a una persona que necesita asistencia parcial puede agravar su cuadro”, aporta.
“Deberían existir alternativas: en Capital, por ejemplo, hay hogares de día públicos que funcionan muy bien. El tema es que necesitaríamos más cantidad para cubrir la demanda. Existen experiencias de casa compartida o tutelada por trabajadores sociales o enfermeros aunque son pocas. Con los programas de cuidadores pasa lo mismo: resultan escasos”, advierte Semino.
Y destaca que tampoco es sencillo el camino si se toma la decisión de internar a la persona: “El Pami cubre geriátricos por entre 35 y 45 mil pesos mensuales y hay lista de espera de hasta ocho meses. Uno de un estándar superior de atención cuesta más del doble, cerca de 100 mil”.
Mirta Tundis, diputada nacional y especialista en el tema, dice que “lo ideal es que el adulto mayor esté en su casa y cerca de sus afectos” y coincide en que “faltan propuestas accesibles para esa etapa y preparación de los cuidadores”.
“En el geriátrico, la persona empeora, se angustia y se enferma”, dice Tundis aunque aclara que muchas veces también es complicado encontrar un cuidador. “Hay que buscar al acompañante adecuado: no podés meter a cualquiera en la casa, tiene que ser alguien que se ocupe y no la maltrate. Alguien preparado al que, a la vez, se le debe pagar un sueldo acorde”, agrega.
Tundis asegura que los hogares de día son una buena opción: “Vengo presentando proyectos destinados a los adultos mayores pero no se están tratando. Uno de ellos tiene que ver con la creación de hogares de día. Hay en la Ciudad, pero cruzás la General Paz y no tenés nada”, detalla Tundis.
María Cecilia Tomasino, de Quilmes, dice que en mayo de 2018 se dio cuenta de que su mamá, ahora de 90, ya no podía estar sola. “Una mañana casi se le incendia la casa por una ollita que dejó en el fuego. Ese día, me la llevé conmigo y después estuve por un tiempo durmiendo con ella en su departamento hasta que decidimos contratar cuidadoras”, relata Tomasino. “La llevamos con mi hermano a un gerontólogo y fue él quien le dijo que no podía seguir viviendo sola. No queríamos mandarla a un geriátrico porque nos parecía que podía decaer”, detalla.
Hoy el esquema de cuidado incluye dos personas que la acompañan. “Está poco sola, entre las 13.30 y las 16. Yo tengo mi estudio de ingeniería justo arriba de su casa y estoy atenta en ese horario”, señala Tomasino, que planea mantener esa rutina todo el tiempo que pueda. “Para cubrir los gastos estamos usando la jubilación de mi madre y la pensión de mi papá ya fallecido”, aporta María Cecilia.
Guillermo Puddington tomó una determinación similar en relación a su mamá, de 92. “Tienen una salud aceptable. Podés charlar, te reconoce y físicamente está bien pero tiene las limitaciones de cualquier persona de su edad. Camina poquito, se deshidrata con facilidad, necesita ayuda para bañarse y que le recuerden cuándo debe tomar los medicamentos”, cuenta.
“Ella fue recibiendo asistencia en forma gradual. Primero, tenía una persona que iba a ayudarla con la cocina y la limpieza. Hoy cuenta con tres cuidadoras para cubrir ocho horas diarias y los fines de semana”, sigue Guillermo, que destina una jubilación, una pensión y los ahorros de su mamá para que reciba lo que él considera que es lo mejor para ella. “Si más adelante tenemos que poner plata los hijos, también lo vamos a hacer. Creemos que el geriátrico es para una persona que está desconectada y, por suerte, no es su caso”.

Fuente:
Por Paula Galinsky, publicado en Clarín

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