Mi abuelo se había ido hacía mucho tiempo pero a veces regresaba por minutos cuando el Alzheimer le soltaba un poco la soga. Todavía recuerdo cómo, en esos raptos de lucidez, y en medio de la oscuridad de unas noches en la casa de mis abuelos que para mí, aún niña, parecían aterradoras, se escuchaban sus alaridos: “¡Mamáaa! ¡Mamáaa!”.

De chica vi cómo la enfermedad se llevaba a mi abuelo. Pero también vi cómo se empezó a llevar a mi familia. Mi abuela dejó de tener una vida propia y sólo podía velar por mi abuelo a quien, a pesar de que hacía años que la vida entre ellos no era color de rosa, nunca abandonó. 

También fui testigo de cómo mi mamá, la mujer de los dos hijos que tuvieron mis abuelos, había ocupado el rol del hijo que se ocupa de todo (del médico, de la farmacia, de ir a cobrar, de la obra social, del supermercado, de ir a comprar, de mandar a buscar, de ir y venir a cualquier horario y para lo que sea), mientras los demás sólo iban de visitas y siempre disponibles para dar órdenes. Pasa en las mejores familias.

Fueron largos años de ver cómo mi madre, agobiada por las responsabilidades, también empezó a sentir el desgaste en su propio cuerpo: no sólo cuidaba a mi abuela -que cuidaba a mi abuelo- sino también a su propia familia con cuatro hijos a los que atender porque su marido trabajaba afuera y no nos daba el presupuesto para contratar a alguien que ayude.

Aunque pasó mucho tiempo de este sistema que funcionaba en un equilibrio muy delicado, la resistida idea de un geriátrico empezó a tomar fuerza. Hubo un momento en el que, por más cuidadores domiciliarios que intentaran ayudar, mi abuelo ya no podía ser atendido en la casa, no podía ser atendido por mi abuela: por más buena voluntad, le faltaban herramientas. La situación se volvió insostenible para todos.

Mi abuela visitó todos los días, a la hora del té, a mi abuelo en la residencia donde se albergó durante un año. Su salud comenzó a deteriorarse y ya no hubo más que hacer. Antonino, mi abuelo, murió hace ya quince años. Y con él se fue el cansancio de una década de vida familiar por y para el cuidado. 

“Nino”, como le decían los amigos a mi abuelo, jugaba a la pelota-paleta y recorría la ciudad en una bicicleta inglesa de la que no se quería bajar a pesar de las indicaciones médicas y  los pedidos de la familia. Para no engancharse los pantalones con la rueda, se ponía broches para hacer más cómoda la pedaleada y, de paso, no ensuciarse.

Mi abuelo era, todos los meses, el primero en cobrar la jubilación. Aunque el banco abría a las 10 am, él se levantaba los días de cobro a las 3 am y a las 4 am ya estaba en la puerta del banco esperando que sea la hora de la apertura. No hubo forma de hacerlo entender. Ni la lluvia detenía esa costumbre que nunca tuvo una deuda y siempre, el mismo día del cobro, pagaba el almacén en el que sacaba a fiado, y todos los servicios.

De mi abuelo se han reído muchas veces. Por sus broches, por sus madrugones en el banco e, incluso, ese día cuando, en su Opel K 180 turquesa, atravesó en contramano la avenida principal del pueblo. La demencia ya había empezado a dar señales.

De chica me molestaban esos cotilleos burlones sobre mi abuelo. Quizás por eso, y por el amor que siento por mi abuela Inelda, que todavía tengo la suerte de tener y que está a punto de celebrar los 90, es que siempre me sentí a gusto entre las personas mayores, un grupo del cual, inexorablemente, voy a ser parte.

Este largo preludio personal, y extrañamente escrito en primera persona sobre momentos de mucho amor y dolor en la vida de mi familia, viene a cuento de “El Padre”, la ópera prima del dramaturgo Florian Zeller que se puede ver en los cines locales.

En una cartelera plagada de películas de superhéroes y supervillanos tratando de conquistar el mundo, esta película, protagonizada por un magistral Anthony Hopkins y una profunda Olivia Colman, conmueve con una historia cruda y real que la juventud no debería perderse.

Aprender sobre la vejez desde mucho antes de serlo, en este sentido, es fundamental para llegar a esa etapa de la vida con más herramientas y con menos prejuicios.

Nos criamos escuchando como insulto al “viejo/a de mierda”, un latigazo normalizado en una sociedad que, en gran parte, entiende al mayor casi como un enfermo, y lo discrimina sólo por ser portador de años.

Podría decirse que la discriminación por edad, es la única forma de autodiscriminación, en tanto, uno no rechaza al que considera diferente sino que está rechazando a un grupo del que, insisto, terminará siendo parte.

En este sentido, “El Padre” -que cuenta la historia de un hombre que rechaza la ayuda de su hija según va envejeciendo, y que a medida que intenta dar sentido a sus circunstancias cambiantes, comienza a dudar de sus seres queridos, de su propia mente e incluso del tejido de su realidad-, puede ser una buena puerta de entrada  para que los jóvenes se familiaricen desde la empatía con situaciones que desde uno u otro lado seguramente atravesarán.

Porque, con los años, bien podrían convertirse en ese padre o madre que  intenta dar batalla a los avances de la demencia, mientras desconfía de sí mismo y de los que tiene al lado.

Aunque antes, tal vez, muchos se conviertan en esa hija/hijo que, atrapada en un cóctel de amor, paciencia, soledad y culpa, trata de cuidar de la mejor forma posible, aún a pesar del cansancio que implica tratar de hacer un equilibrio entre lo que se debe hacer y las demandas -a veces caprichosas y hasta dañinas- de un ser querido que empieza a sentir cómo las hojas del libro comienzan a volarse.

Pero hay más. “El Padre” también muestra sobre la infantilización a la que los adultos muchas veces son sometidos por personas que quizás no tienen ánimos de menospreciar o subestimar. Algo que tiene que ver con la forma en la que los mayores son vistos en algunos sectores de la sociedad: seres incapaces, vulnerables y frágiles a los que hay que proteger como si fueran niños. No. No lo son. Y con justa razón el “Anthony” de Hopkins se enoja con esa cuidadora que le quiere dar de tomar una “pastillita azulcita” mientras con tono maternal lo invita a ir a cambiarse.

Es interesante la visión que esta película ofrece también sobre las residencias geriátricas, una posibilidad temida y rechazada por el protagonista, al punto de que ni siquiera es capaz de llamarla por su nombre. Y una posibilidad que también embarga de culpa a una hija que, antes de tomar la decisión, agota hasta las últimas instancias. 

El filme es un buen punto de partida para conocer las aristas que se juegan en esta posibilidad: ¿cuándo hay que tomar esta decisión? ¿qué señales hay que esperar? ¿qué buscamos encontrar en estas residencias? ¿Estoy siendo malo para considerarlo?

Aunque casi a diario los medios nos muestran una imagen temible de las residencias geriátricas, donde mayores suelen ser víctimas de un sistema de descarte y que a veces opera desde la ilegalidad, este drama nos ofrece una visión esperanzadora de lo que podemos encontrar en el lugar adecuado y con la gente preparada para atender, a partir de un trato humanizado, las demandas de un mayor dependiente.

Con escenas desgarradoras, “El Padre” nos muestra también, como lo han hecho otras películas (la argentina “Nocturna” con un magistral Pepe Soriano, por ejemplo), que aún cuando el horizonte parece enceguecernos, y el miedo nos devora, siempre querremos el abrazo maternal para protegernos del miedo. No importa la edad.

Fuente:
Artículo publicado
en EL DIA, escrito
por María Virginia Bruno

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