“Mi madre falleció cuando yo era muy chica, el cuerpo de mi obra es la ausencia de ella” dice Ana Gallardo, artista y espigadora de historias que viene trabajando en torno a la vejez desde hace veinte años. Ana es como un obturador que se abre para que las historias y experiencias de mujeres de más de 60 años se esparzan, conmuevan y emocionen. Esta vez a partir de la muestra “Escuela de envejecer” en donde barro, videos, pintura, oficios y bailes conforman un recorrido que puede verse hasta el 3 de julio en la Sala Pays del Parque de la Memoria.

Es un trayecto que empezó en el 2004, con 45 años y menopáusica ni siquiera había entrado al mundo del arte del que quería formar parte. Tenía que trabajar todo el día y criar a una hija en soledad. La vida de la artista le quedaba muy lejos, en ese sistema a Ana se le había pasado el arroz.

En su meticuloso trabajo sobre la vejez se atreve a decir que es violenta, encuentra el virtuosismo en el fracaso y reivindica la revancha como hackeo al tiempo: ¿Cúal es el tiempo para ser artista? ¿Para enamorarse? ¿Para coger? ¿Para sentirse deseada? ¿Dónde están los saberes en el arte? Ana Gallardo lamenta que su madre haya muerto a los 37 años “sin ser la artista que hubiese querido ser”. Ahora recupera las pinturas de su mamá y también trabaja sobre ellas.

Radicada en México -país en el que vivió durante los 80´ y al que regresó en 2017- vive con su hija, su pareja y el hijo de su pareja. También tiene una constelación de amistad forjada al calor de su obra. Para que exista “Escuela de Envejecer”, Ana Gallardo comparte el sostenimiento de la vida con otras, una intimidad y una puesta en común sobre lo que significa que el cuerpo no responda, que las viejas sean feas, que solo pueda cantar quien sabe hacerlo desde la juventud o que bailar sea solo para gente atlética a la que no se le cae la piel.

Desde el hallazgo de haber detectado el valor desmedido que se la da la juventud, Ana no para de indagar, de discutir con el arte y de tomarse revancha.

Un final que es un comienzo

En 2004, a tus 45 años empezaste este trayecto que sigue en construcción sobre la vejez. ¿Cómo describís la escenario de tu vida en aquel momento?

Era una escena muy compleja para mí porque yo trabajaba de noche y era la más grande de todas las camareras. imaginate el nivel de locura que tenía, y además estaba sola con mi hija Rocío que en aquel momento tenía diez años. A principios de los 2000 empecé a trabajar en una galería de arte y en ese momento me llega la menopausia, justo cuando estaba tratando de insertarme en el mundo del arte.

¿Por qué no lo habías hecho antes?

Porque había una mirada muy fuerte sobre los artistas jóvenes y yo ya era grande. En la galería en la que entré a trabajar no había mujeres de más de 40 años. Después, con el tiempo vino esto del “rescate” sobre el trabajo de artistas mayores. No me gusta para nada hablar de rescate pero eso es lo que se fue configurando. “A ver ¿qué está haciendo esta señora?

A los 45 años, ¿estabas empezando?

Si. Pero era un final por la cuestión de la menopausia y un principio porque yo sentía que estaba empezando algo. La menopausia te marca la falta de fertilidad y esa ha sido la condena toda la vida.

¿Esa condena aparecía solo en el ámbito laboral?

En ese momento empecé a salir con mi compañero actual con quien estamos juntos desde hace 18 años y quien es bastante menor que yo. De golpe apareció en mi vida por primera vez el amor, para mi en esa época la vida empezaba de cero. Era extrañísimo, porque el sistema decía “no” y mi vida estaba foja cero.

¿Empezaste a indagar sobre la vejez cuando entraste en el mundo del arte, tuviste la menopausia y te enamoraste?

Si, empecé a juntarme con mujeres que tenían la edad que tengo yo ahora, más de 60. Quería hablar sobre la cercanía con la muerte. Si bien yo sentía que recién empezaba, al mismo tiempo -y esto es algo que me pasó desde chica- sentía que estaba al borde de la muerte. Siempre me sentí vieja. Me agobia un montón pensar que me voy a morir, no me quiero morir y es una obsesión que tengo con el tema, no es de ahora. Cuando era chica pensaba que irme a dormir era un ensayo de la muerte, entendía que era algo parecido.

En tu trabajo sobre la vejez hablas mucho en términos de violencia, decís que envejecer es violento.

Yo creo que el problema de la vejez no somos nosotras las viejas, el problema lo tiene el sistema. Realmente cuesta envejecer, cuesta entender y sentir este cuerpo que no responde como una estaba acostumbrada. No poder levantar esa mesa que yo antes levantaba sin problemas. Y realmente odias que eso pase y eso resulta violento.

¿Te hiciste alguna cirugía “estética”?

Lo pienso todo el tiempo. Mi amor y máxima contradicción es Esther Díaz. Porque pienso que por un lado está haciendo lo que el sistema te dice que hagas, y por el otro creo que se está vengando, que está tomando revancha de hacer todo lo que quiso hacer en su vida y ahora lo está haciendo como quiere y con el cuerpo que quiere, coge con quien quiere y hace lo que quiere. Si me animara me haría todo lo que ella ha hecho. Creo que hay que pasarla lo mejor que se pueda.

En tu trabajo sobre la vejez está muy presente el tema de la revancha.

En mi trabajo hablo permanentemente de la venganza y de la revancha. Mi felicidad en este momento de vida también tiene que ver con que siento que estoy disfrutando una revancha enorme. La estoy pasando muy bien y logrando cosas que jamás pensé que iba a lograr porque estaba acabada por la edad y me decían que no. Entonces este cuerpo, esta vida y estas decisiones me hacen sentir muy bien.

En escuela de envejecer propones algo así como montarte en los deseos frustrados ¿Cuáles son o eran los tuyos?

Mi deseo frustrado era poder  pertenecer a la escena artística, poder trabajar, darle visibilidad a mi trabajo y tener continuidad. Eso para mi era imposible porque entre otras cosas tenía que trabajar muchas horas para sostener la vida. Hay gente que tiene herramientas para trabajar y criar hijxs, yo no las tenía.

Y en ese sentido ¿reivindicas el fracaso?

Me gusta pensar la reivindicación del fracaso en torno a hacer lo que uno quiere y no como pensabas que debías hacer las cosas. Y por otro lado poder discutir ¿Qué es el fracaso? ¿Quién tiene la voz suficientemente poderosa como para decir que no cantas bien o que no sabés bailar?

Con estas cuerpas, viejas, con tetas caídas, arrugas por todos lados, pararte en un escenario y decir “voy a cantar” es un éxito del fracaso.

Tengo grupos de artistas con los que trabajo y lo primero que les pido es que traigan al taller lo que consideran fracasado, que no traigan la obra que consideran que funciona, porque eso ya está, ya funciona. Traigan acá lo otro ¿Por qué vos consideras que esa obra está fracasada?

En el arte que tiene un autoritarismo sobre el saber y un machismo extremo ¿Cómo te abrís camino?

Soy violenta y creo en la violencia, es como si estuviera permanentemente en guerra, incluso hacia adentro de los feminismos. El arte acá en México es muy poderoso porque también hay mucho dinero y la escena mexicana es muy académica y yo no tengo el secundario terminado. Soy una vieja no académica, que no tiene doctorado, no hablo inglés y eso tiene que ver también con una educación elegida. Yo en los 80` decía que no iba aprender inglés porque es el idioma del enemigo.

¿Fue una decisión política no terminar la escuela?

Fue por dos cosas: porque me fui de mi casa de muy chica y tenía que laburar, pero también porque pensaba que no estaba bien la institución educativa. Después me pasó que a mi hija la hice estudiar un montón.

Y tu obra se llama “Escuela de envejecer”

Porque es justamente una forma de discutir con el arte otras formas de pensar el saber. Estas señoras con las que yo comparto tiempo y experiencia vienen a desplegar una sabiduría basada en deseos, experiencias e historia.

Envejecer hasta que valga la pena vivir

 

“Es un ejercicio de revinculación que transforma a lxs que participan. Un ritmo compartido que se despliega en plazas, museos, casas y a la vera del río. La Escuela construye una sombra, un mínimo reparo donde se puede leer en voz alta, cocinar, dibujar, cantar y bailar. Toma forma y se convierte en obra; manifiesta una vida en común”, dicen María Alejandra Gatti y Lorena Fernández, curadoras de Escuela de Envejecer.

En la vida en común está la clave para comprender el tramado que traza Ana Gallardo, con la clara intención de hacer estallar los límites entre lo público y lo privado, el arte y la vida.

Desde que conoces a estas mujeres, compartís intimidad y le das un tiempo a ese intercambio hasta que llega al terreno de lo público en una muestra ¿Existe allí una pérdida?

En la pieza lo que se perdió es todo lo que no se ve que pasó. La situación íntima no se ve, con muchas de ellas yo sigo teniendo una amistad y hemos logrado armar familias. También se han ido muriendo bastantes a lo largo de estos años. Pero las que quedamos, salimos a bailar y vamos a los salones de cumbia.

He construido amistades muy profundas de mucho cariño y que además cuando hay trabajo, trabajamos. Ninguna tenemos plata, entonces cuando aparece la oportunidad lo hacemos conjuntamente. Entonces no es que se pierda, es que yo tampoco quiero mostrarlo, yo focalizo en algo que si querés lo intuís y si no, ni modo. Cuando ves la obra podes llegar a entender que hubo conmoción, emoción y sanación. También te podes encontrar a mujeres hablando de cosas que no hablaron en toda su vida

¿Cómo por ejemplo?

Para los 100 años del Museo de Rosario hicimos un encuentro y las chicas de ahí me propusieron que hiciera algo desde la Escuela de Envejecer y yo les dije que buscáramos artistas de más de 60 de la provincia de Santa Fe para hacer un encuentro y conversar. Fue un encuentro semi público y la mayoría eran docentes que habían llegado a la cerámica o el grabado. Una de ellas, que tenía cerca de 80 años y que no sabía cómo venir porque le daba miedo, logró que la llevaran al Museo. Cuando llega al encuentro cuenta por primera vez situaciones de violencia por parte de su padre y que había sido abusada por el cura de la iglesia.

Entonces el trabajo que yo siento que hago muchas veces es ferozmente reparador, pero no se ve. Ella se anima a contarlo por primera vez en su vida con 80 años.

Eso tiene que ver con la construcción de redes feministas que tal vez hace algunos años eran impensadas a los 80

Sin duda, y para mi también ha sido reparador. Me sana a mi también y a muchas, pero yo soy una artista y no una una trabajadora social, entonces cuando llego a la institución artística que es mi sistema discuto con eso: esta señora está acá, va a cantar o va a pintar por más de que para los cánones del arte no se considere artista.

¿Cómo encontrás esas historias y esas experiencias que después llevas a la Escuela de Envejecer?

Todo el tiempo estoy buscando, pero tampoco es fácil encontrar personas que quieran participar. Siempre recurro a mis amigas, con las que trabajo. Hace poco, murió una escritora que dejó un hueco en estas dinámicas de familia y yo me pregunto ¿Y ahora quien la reemplaza? Y después pienso que no, que ese hueco quede porque es doloroso pero también es hermoso.

Próximo destino

 

Con la vuelta a la democracia Argentina, Ana Gallardo viajó a Guatemala para colaborar con la insurgencia guatemalteca a principios de los 80`. En el 2017 decidió ir a buscar a esas mujeres con las que había compartido la guerrilla: “Cuando las fui a buscar no las encontré, porque no sabía sus nombres ya que en aquella época tenían nombres de guerra. Lo que me di cuenta en ese momento es que ese trabajo ya comenzaba desde el fracaso. Pero ahora voy a viajar nuevamente a Guatemala para ver si encuentro algo ”

¿Vas en busca de algo que sabes que no vas a encontrar?

Si, pero voy a buscar mujeres grandes que son la última generación que tienen la memoria de algo que fue y qué no volverá a ser.

¿Por qué fuiste a Guatemala a acompañar a las mujeres de la insurgencia?

Porque yo durante la dictadura argentina había estado en una nube de pedos. A los 15 ya estaba en la calle todo el día y a los 17 me fui de mi casa y dejé de estudiar para trabajar. Yo vivía en una situación de supervivencia y no tenía idea de lo que estaba pasando. Entonces cuando termina la dictadura me doy cuenta de todo.

Ana Gallardo será galardonada este año con el premio Konex 2022 en la categoría de perfomance por una presentación que hizo en el Teatro Colón llamada “Existir la vejez”, un diálogo entre Escuela de Envejecer y “La Vejez” de Simone de Beauvoir: “En la literatura ni en la vida he encontrado ninguna mujer que considerara su vejez con complacencia. Tampoco se habla jamás de “una hermosa anciana”, en el mejor de los casos se la califica de ´encantadora`” es el comienzo del texto de Beauvoir escrito en 1970. Cincuenta años más tarde, en “Escuela de Envejecer” desborda el trabajo compartido, abundan los lazos, la resistencia, el reservorio de relatos, un poder para soñar y ¿por qué no? una hermosa vejez, como un árbol en la arcilla, como un hilo de coser recorriendo las arrugas de una mano, como un karaoke o un paso de baile. Como un dibujo de corazón en tiza que dice “cuore”. Como la anciana hermosa que tan lejana veía Simone de Beauvoir.

 

Fuente:
Página 12

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