Cuando en 1969 escribió su novela “Diario de la guerra del cerdo” (Editorial Emecé) en la que los jóvenes de Buenos Aires deciden un día, sin causa explícita, matar a todos los viejos, Adolfo Bioy Casares no le hizo jugar al Estado papel alguno.

Ni la policía ni ningún otro poder público tuvieron que ver con esa batalla generacional, convertida en una cacería que duró dos semanas.

La obra reflejó, más bien, el temor ensimismado de Bioy a la vejez y al infalible correr del tiempo, una inquietud que es común a casi todas las personas de edad mayor. Y que suele verse acompañada por un sentimiento de marginación.

Podría decirse que a partir de una reciente resolución del jefe de Gobierno porteño de requerirles a los mayores de 70 años –a raíz de la vigencia del coronavirus- un permiso especial de circulación, que se debía tramitar diariamente ante el Gobierno de esa ciudad, vientos polémicos se dispersaron hacia los cuatro puntos cardinales.

Los mayores de edad, sin discutir el fondo de la medida –sin dejar de ver que puede haber fundamentos médicos en las restricciones-, se resistieron en esos días porque vieron en ella algo más que una discriminación. Vieron la misma guerra que imaginó Bioy, porque en su novela los “cerdos”, aquellos a los que hay que perseguir y matar, son los viejos.

En una entrevista con “La Nación” Beatriz Sarlo calificó la medida adoptada por la Ciudad de Buenos Aires como “un estado de sitio selectivo”. La escritora cuestionó el fondo del asunto: “Me pareció insultante, el carácter discriminativo es complicado para los que trabajamos”. Y agregó: “Impide la movilidad de sus habitantes (mayores de 70) por el territorio. Que yo sepa, sin aprobación de la Legislatura. La Constitución debe estar volatilizada o le agarró el coronavirus, pero es un estado de sitio selectivo”.

La veterana actriz María Rosa Fugazot, que dijo estar de acuerdo con algunas restricciones a la circulación, protestó sin embargo con aspereza por las “aguas profundas” que creyó ver en esta exigencia de salvoconducto cotidiano: “¿Por qué no nos fusilan después de los 70 en orden alfabético?”, preguntó. Muchas mujeres de la farándula se enojaron porque la medida las alcanzaba y no trepidaron en confesar su edad, hasta entonces mantenida en férreo secreto.

OTRO TEXTO PRECURSOR

Cincuenta años de agua pasaron bajo los puentes desde el libro de Bioy que, ahora, es considerado en estos días como otro texto precursor del autor de “La invención de Morel”. Con una diferencia, que en un país consternado por el coronavirus, el Estado sí intervino para restringir la circulación de los adultos mayores en la vía pública. Y lo hizo con rudeza.

El caso más elocuente se vivió en El Rosedal de Palermo, cuando una decena de policías reprendió severamente y casi se la llevó detenida a Sara Oyuela, una mujer de 83 años de edad que había ido a tomar sol para curar sus pulmones enfermos, en un sector totalmente despoblado del parque público. Hasta allí se acercaron tres patrulleros cuyos efectivos virtualmente cercaron y “atacaron” a la mujer, conminándola para que regresara a su hogar, amenazándola con iniciarle acciones penales.

La escena surrealista encontró su cereza cuando los policías hablaron por el portero eléctrico con el también longevo marido de Sara, a quien le pidieron que intercediera ante su mujer para que abandona el parque y volviera al departamento. La respuesta del hombre fue la siguiente: “Discúlpenme, pero no puedo bajar. Sepan entender, hace 32 años que estamos casados y nunca la pude convencer de nada. Arréglense ustedes…”

¿El poder sobreactúa con la gente mayor? En estos días, algunos aseguraron que sí. Reconocidos juristas, entre ellos Andrés Gil Domínguez, fustigaron la esencia jurídica del permiso que se requería (y que, frente a la fuerte resistencia, fue revocado luego): “Es anticonstitucional esta medida porque somete a los mayores de 70 años al confinamiento y les da un trato que no respeta la Convención Interamericana de la Tercera Edad”, dijo el letrado.

¿OTRA VUELTA DE TUERCA?

¿Estuvimos –estamos- ante la endémica remake de una suerte segunda guerra del cerdo? ¿La juventud política, o académica, o de cualquier sector, se ocupará de negar a los viejos, de cesarlos de toda función, de arrojarlos a la miseria y al desamparo ontológicos?

Para la gerontóloga platense Silvia Gascón “no sólo el poder político actúa sobre la gente mayor, sino también los profesionales de la salud cuando realizan prácticas sin pedir el debido consentimiento; las instituciones, que los obligan a realizar trámites usando determinadas tecnologías; los medios de comunicación cuando se refieren a ellos como abuelos y los propios hijos, cuando deciden sobre lo que pueden o no pueden hacer sus padres”.

La guerra del cerdo no se libró sólo en Buenos Aires sino que su campo de batalla se extiende por el vasto planeta. En “El país de las sombras largas”, que es Alaska, a los viejos cuando se quedaban sin dentadura se los sentaba en un pequeño témpano y se los empujaba hacia el mar, para que terminaran allí su existencia. El problema, sin embargo, es que cada vez hay más personas mayores, las expectativas de vida crecieron en forma exponencial y se acercan en forma vertiginosa al promedio de 100 años. Bioy Casares entrevió en su novela un fenómeno inquietante.

Uno de sus personajes dice: “En un futuro próximo, si el régimen democrático se mantiene, el hombre viejo es el amo. Por simple matemática, entiéndanme. Mayoría de votos. ¿Qué nos enseña la estadística, vamos a ver? Que la muerte hoy no llega a los cincuenta sino a los ochenta años, y que mañana vendrá a los cien. Perfectamente. Por un esfuerzo de la imaginación ustedes dos conciban el número de viejos que de este modo se acumulan y el peso muerto de su opinión en el manejo de la cosa pública. Se acabó la dictadura del proletariado, para dar paso a la dictadura de los viejos”. Hay que matarlos entonces, dijeron los jóvenes de su novela.

Gascón, que es directora del Centro de Envejecimiento de la Universidad Isalud, sostiene que “el aumento de la longevidad es una excelente noticia, pero para que los años ganados a la vida se traduzcan en mejores niveles de bienestar en la población mayor hacen falta profundas transformaciones en todas las esferas de la vida comunitaria”.

“El COVID-19 puso en evidencia que lejos estamos de que esto ocurra. Vivimos en una sociedad impregnada de viejismo o “edadismo”, término acuñado para identificar la discriminación y estereotipos asociados a la edad que nos presentan una imagen negativa de la vejez asociada a la enfermedad, discapacidad, carentes de autonomía, sin capacidad de tomar decisiones, o seguir aprendiendo, asexuados, aislados, improductivos y sin probabilidad de seguir aprendiendo”, añadió.

Las medidas puestas en vigencia por el Estado, si bien en algunos casos pudieron ser excesivas, ¿no apuntaron al bien superior, que sería el de cuidar la salud y la vida de los más débiles? Gascón responde a esta pregunta: “Si bien la pandemia pone a las personas mayores en agenda, lo hace desde el lado de su vulnerabilidad, por eso tan frecuente la infantilización y sobreprotección. “Cuidemos a nuestros abuelos” frase repetida en los medios sería la síntesis de lo que no queremos escuchar. Primero porque no todos los mayores son abuelos, y menos de quien lo dice, y además porque llevamos años de autocuidado y de cuidar a otros”.

¿Qué es lo que demandan los adultos mayores en estos días? “Que sean considerados ciudadanos de primera, en igualdad de condiciones a otros grupos. Que se entienda pasada la pandemia que arreglar las veredas, hacer transportes accesibles y evitar colas innecesarias, es una también una manera de “cuidarnos”.

Los mayores protestaron y siguen protestando en estos días, por sentirse discriminados, se le consigna a la entrevistada. Gascón respondió: “Es que la pandemia también tiene su lado positivo. En esta ocasión la voz de los mayores se hizo oír y no porque fueran convocados a expresarlo. Es que pertenecemos a una generación que ha sido protagonistas de grandes luchas a lo largo del tiempo: el voto femenino, el movimiento tercermundista, el feminismo, las abuelas de Plaza de Mayo. No estamos en edad de irnos a casa, ni pedir permiso. Cuando jóvenes luchamos por un mundo más justo e igualitario para todos. Ahora personas mayores, seguimos activos para lograr una sociedad en la que nadie quede atrás. Estamos seguros que nuestros hijos y nietos nos acompañarán”.

Fuente: artículo del periodista Marcelo Ortale
publicado en EL DIA, el domingo 3 de mayo

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