Quizás dentro del colectivo de mujeres, el de las mujeres mayores es el que se encuentra más invisibilizado. Incluso dentro de los movimientos feministas son pocas las que se han ocupado de investigar y abordar el tema.

El ideal de mujer se encuentra bastante lejos de las arrugas, las canas y los problemas propios de la edad mayor. Y esto repercute no sólo a nivel individual, generando sentimientos de pérdida de estima o indefensión, sino que también define las políticas públicas destinadas a satisfacer sus demandas y necesidades.

Las mujeres vivimos en promedio 7 años más que los varones, a los 60 años el 57% son mujeres y a medida que la edad avanza este porcentaje se incrementa de tal manera que el 69% de los mayores de 75 años son mujeres.

El aumento de la expectativa de vida implica nuevos riesgos y oportunidades. Vivir más años después de la jubilación o cuando los hijos se fueron del hogar, puede significar una etapa de disfrute, un tiempo nuevo o por el contrario puede implicar continuar e incluso incrementar algunos roles como el de prodigar cuidados, que es maravilloso cuando se puede y se quiere y muy perjudicial cuando se transforma en una obligación.

Otro de los riesgos que se han incrementado en los últimos años son los casos de abuso, principalmente económico y maltrato a la que se ven expuestas cotidianamente y como es común en estos casos estas situaciones provienen justamente de familiares o personas muy cercanas.

Pero también las mujeres que han superado los 60 tienen más oportunidades que sus mayores.

Las formas de envejecer han cambiado; las nuevas generaciones de mujeres van construyendo nuevos roles y con evidentes esfuerzos y no pocos conflictos, aprenden a compartir el papel de madre, abuela, esposa o viuda, con otros que les permitan gozar de nuevas experiencias y encontrar un nuevo valor y significado a sus vidas, a medida que se reestructuran relaciones con familias y amigos.

Imposible terminar esta editorial sin rescatar el valor de las redes de amigas. A través de ellas se evita la soledad, el aislamiento social y la depresión, se posibilita compartir nuevos proyectos y actividades, y aumenta el bienestar por los años vividos.

Cada vez más redes de mujeres mayores se constituyen en espacios para transformar lo privado en público; para pensar juntas sobre las relaciones con los hijos, el manejo y la disponibilidad del dinero, el derecho a envejecer en casa, el miedo a la internación geriátrica, un nuevo amor, el despertar de una vocación. Para participar activamente en la defensa de sus derechos ciudadanos.

Pongamos nuestra inteligencia, creatividad y voluntad de cambio al servicios de ello.

 

Por Silvia Gascón,
presidenta de Red Mayor La Plata,
directora del Centro de Envejecimiento Activo y Longevidad
de la Universidad iSalud

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