Estamos todos en la misma tormenta, pero no en el mismo barco. Esta frase, que se repitió mucho durante el año para describir que aunque a todos nos afectaba de una u otra forma la pandemia por coronavirus, lo hacía de formas distintas. A algunos los tocaba más y a otros menos. Entre los más afectados están los adultos mayores, quienes se encontraron en el aislamiento con una soledad indeseada, con rupturas importantes en sus rutinas, sin las caminatas y trámites que les daban motivos para salir de la cama.

Algunos, que aún trabajaban, tuvieron que adaptarse a tecnologías con las que no estaban necesariamente familiarizados, mientras que otros simplemente debieron dejar sus labores. Además, esas idas al supermercado, a la feria y a la farmacia pasaron a ser delegadas a otras personas, quizás más jóvenes, que aunque también debían tomar precauciones, no eran parte del grupo de riesgo.

Si bien existen casos de adultos mayores que aprendieron nuevos hobbies y que incluso se han comunicado más que antes con sus seres queridos gracias a la tecnología, varios más se han visto perjudicados por el aislamiento y por todo aquello que conlleva, especialmente aquellos con mayor vulnerabilidad social.

Se estima que en Chile un 9,4% de los adultos mayores sufre algún cuadro depresivo, pero según la Encuesta Calidad de Vida (2019), un 30,7% manifiesta tener síntomas de depresión, por lo que se teme que hayan muchos casos sin diagnóstico. Sin ir más lejos, según cifras dadas en 2019 por el Minsal, los suicidios de adultos mayores rondan los 12,5 cada 100.000 habitantes.

Ricardo, de 74 años, fue uno de los 767 adultos mayores encuestados por el Observatorio del Envejecimiento de la Universidad Católica y Confuturo. Vive junto a su esposa María en Isla Teja, una isla aledaña a Valdivia y cuenta que hasta que comenzó la pandemia su vida era tranquila, pero llena de actividades. Por un lado arrendaba alojamientos a estudiantes universitarios y por otro cruzaba a la ciudad para hacer distintos trámites y ver amigos. Hoy esas actividades no son más que un buen recuerdo, pues los estudiantes volvieron a sus ciudades de origen gracias al tele estudio, y la posibilidad de salir a caminar durante horas ya no existe: “Cuando nos dijeron lo del encierro nos cortaron las piernas. Nos duele y sentimos frustración por haber trabajado tanto, habernos jubilado y haber adquirido una tranquilidad económica, para que de pronto todo se nos escapara de las manos. Ahora vivimos en un mundo totalmente distinto, para el que no estábamos preparados”, dice.

Junto con María viven solos, pues su hijo trabaja en el norte, y de a poco tuvieron que adaptarse para mantener la mente sana. “Hemos llegado al extremo de no ver noticias, porque son solo malas. Me asomo por la reja del antejardín y converso con mis vecinos, pero nada más. No sabemos hasta dónde va a aguantar nuestra mente, porque con todo esto se está echando a perder”.

Cambió las caminatas al centro para pagar las cuentas por hacerlo en un formato en línea gracias a un celular que heredó de su hijo. “Pagar las cuentas era un motivo para salir, era encontrarse con amigos e ir a tomar un café. Nosotros somos de piel y es complicado, nos ha costado adaptarnos. Pero pienso también en otras personas, personas que conocemos y que están solas, y no las podemos ir a ver”.

Según el Observatorio de Envejecimiento, para todos los rangos etarios en hombres hay una disminución en la tasa de suicidio en relación a 2019, con excepción del rango 70-80 años, donde se ve un aumento de 6,5 puntos porcentuales. Las mujeres de 80 a 90 años, en tanto, son las únicas que sufrieron un aumento en el número de suicidios respecto al año pasando, sumando un punto porcentual.

Los adultos mayores están preocupados. Hombres y mujeres viven con el temor latente del posible contagio. De ser un grupo de riesgo pero además con la incertidumbre sobre el futuro ¿Hasta cuándo va a durar esta situación? ¿Cuándo podrán volver a hacer su vida normal?

La mayoría de los encuestados coincidió en que le preocupa la situación del país y la delincuencia (18,2%). Pero lo que más les preocupa es la salud (20,7%). Un 9,7%, en tanto indicó estar preocupado por sus finanzas y pensiones, lo que de cierta forma se puede relacionar con aquello relacionado a la salud. Esto, porque muchos sugirieron que no tienen dinero suficiente para pagar cuentas básicas, arriendos ni alimentos, pero tampoco hospitalizaciones en el caso que llegaran a enfermarse.

Lucía Pincheira, de 85 años, vive en San Pedro de La Paz y ni al negocio de al frente ha salido. Desde comienzos de marzo que se encuentra aislada en su casa y solo ve a sus hijas, quienes le van a dejar mercadería, pero que rápidamente se retiran para evitar contagios.

“Vivo sola, pero bordo, leo la Biblia, hago sopa de letras, lo que sea para mantenerme entretenida y evitar tiempos de ocio”, cuenta sobre sus meses de encierro, que por el momento no tienen fecha de expiración. “Para salir tendría que estar segura de que esta pandemia va a disminuir, que va a dejar de avanzar. Pero leo y veo en las noticias que hemos sido muy irrespetuosos con nuestra propia vida. Echo de menos a mi nieta que vive en Santiago, con la que me escribía cartitas y le enviaba dibujitos, pero ahora ya todo es a través de la tablet. Estar con ella es lo que más extraño”.

Fuente: La Tercera

 

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