La pandemia del Covid-19 que azotó nuestro país a partir de marzo del 2020 produjo efectos traumáticos en la subjetividad y en los vínculos sociales a nivel psicosocial.

Los adultos mayores, por ser consideradas personas de riesgo y estar confinadas mucho tiempo dentro de sus hogares, pasaron de tener una vida independiente y activa a padecer una situación de dependencia respecto de sus hijos, u otros adultos que los asistieron para cuidarlos del contagio.

Si bien esto los hizo sentirse queridos y en cierta manera protegidos, les significó implicarse en la categoría social de “viejos”. Vieron truncadas sus actividades familiares, culturales y sociales, proyectos de viajes, etc. El temor a la enfermedad y la muerte se hizo presente como una amenaza atemorizante en sus vidas diariamente.

Desde 1990, la Organización Mundial de la Salud explicitaba que nuestra sociedad tenía una mirada peyorativa hacia el “viejismo” y que esto influía en la calidad de vida de ese grupo etario.

Por este motivo, se planteó un cambio de paradigma: la edad cronológica es un proceso gradual que se desarrolla a lo largo de toda la vida.

No todos los adultos mayores atraviesan las mismas situaciones vitales, por lo que no podemos hablar de vejez sino de vejeces, es decir, cada uno vive esta etapa de la vida de una manera diferente. Muchos de ellos, al no estar sometidos al cumplimiento de obligaciones laborales y/o familiares, lograron la libertad de elegir actividades placenteras, ser personas activas e independientes con muchos proyectos vitales, que intempestivamente fueron truncadas por la pandemia.

A partir de investigaciones realizadas desde la carrera de Psicología de UADE y de mi experiencia clínica, observé que, en un primer momento, padecieron tristeza, trastornos del sueño y de la alimentación, e incluso irascibilidad. Pero muchos de ellos, en vez de encerrarse en una nostálgica depresión, lograron cultivar una conducta resiliente: aprendieron a utilizar dispositivos electrónicos para interactuar con su familia y amigos, o comenzaron a realizar cursos por internet.

Esto significó atravesar situaciones de duelo por la cotidianeidad anterior a la pandemia y la reconstrucción de una vida presente que les permitió tener una vida subjetiva activa, motivados para comunicarse con otros y continuar activamente sus procesos de aprendizaje.

La conducta resiliente posibilita disminuir el sufrimiento sin negarlo y volver a sentir que pueden ser protagonistas activos de esta época histórica que les tocó vivir.

Algunos lograron elaborar diferentes duelos, continuaron vinculándose con amistades y familia de forma virtual, cuidaron su estado físico con clases por Zoom o caminatas al aire libre, e incluyeron nuevas actividades como el cuidado de las plantas, diferentes ejercicios artísticos (talleres de escritura, pintura, lectura, etc). Esto les posibilitó, poco a poco, volver a sentirse activos e independientes, con una rutina de horarios marcada por sus acciones.

No hay edad para realizar aprendizajes y cambios. Hay personas que son más flexibles y realizan una adaptación activa a la realidad, siendo protagonistas de su propia vida, y aceptando su edad como un proceso natural y vital del proceso del vivir. Eso no significa que no puedan disfrutar ni crear nuevos proyectos vitales.

 

(*) Una reflexión de Diana Barimboim,
docente de la Licenciatura en
Psicología de Universidad Argentina de la Empresa

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