En el geriátrico de Banfield hay una ventana. Tiene rejas negras, persiana de plástico y vidrios corredizos. No es gran cosa, una ventana más del Conurbano que intenta desincentivar el robo. Sin embargo, sigue la pandemia y aunque sea difícil soplar las velitas entre barrotes, hay que sacar turno para sentarse al lado.

Así pasaron 600 días. O sea, un año y casi siete meses. O sea, 60 veces lo que iba a durar el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO). O sea, mucho más de lo que estuvieron los chicos sin clases en la Argentina. O sea, más tiempo de lo que tardaron en permitirse los viajes por turismo, los restaurantes y las discotecas.

Los geriátricos son uno de los últimos grupos que siguen con restricciones estrictas.

Aunque se han flexibilizado algunas medidas con casi el 100% de los residentes vacunados con dos dosis, los adultos mayores que viven en esas instituciones siguen sin poder salir a una reunión familiar y las visitas están limitadas tanto en tiempo como en espacio.

Ya no hay abrazos entre plásticos y las personas pueden salir al exterior de las instituciones en períodos cortos de tiempo, pero en líneas generales nada cambió demasiado y las medidas varían según la locación y el nivel socio-económico de la institución.

“Hacemos una hora y media de viaje para ver a la abuela, y el geriátrico (el de Banfield) nos deja verla máximo media hora a través de una reja”, cuenta Marina, del barrio porteño de Congreso. La institución tuvo un brote de contagios en 2020 y “ahora sigue con medidas durísimas porque tienen miedo a los juicios”, asegura a este diario.

El defensor de la Tercera Edad, Eugenio Semino, aclara a Clarín que en la mayoría de las instituciones “se aplica el sentido común”. Sin embargo, señala que “hay geriátricos que son más restrictivos en términos de visitas y de salidas, ligado a los que sufrieron más la pandemia pre-vacuna, tuvieron muchos contagios, evacuación o fallecidos, y ahora son más renuentes a flexibilizar”.

“Todos los días tengo familias que lo quieren visitar más al paciente o sacarlo, y la verdad es que se va hablando”, relata. Hace poco la Defensoría -con injerencia en la Ciudad de Buenos Aires– hizo una mediación porque la hija de una residente con un cáncer avanzado quería sacarla dos días a la semana a su casa para poder compartir más tiempo con ella en su fase terminal.

En febrero de 2021, comenzaba la vacunación contra el Covid a mayores 80 años en Ciudad Buenos Aires. Foto Andrea D’Elia

En febrero de 2021, comenzaba la vacunación contra el Covid a mayores 80 años en Ciudad Buenos Aires. Foto Andrea D’Elia

El problema, sigue Semino, es que “el geriátrico tiene la responsabilidad de su residente durante toda la internación y cuando los residentes se van dos días, la institución pierde la posibilidad de controlar que se cumplan las medidas sanitarias”.

“No pueden saber qué está pasando afuera, si el residente está cuidado con distanciamiento en una casa o lo llevaron a un asado familiar en un lugar cerrado”, dijo.

Discernir cuánto aflojar la cuerda y cuánto tensarla, en el marco de una pandemia sin precedentes como la del Covid-19 “es artesanía pura”, define el abogado.

Incertidumbre por la tercera dosis

En el geriátrico porteño donde vive el abuelo de B. (prefiere no dar su nombre) hubo un brote de Covid-19. Los residentes estaban encerrados en el cuarto para evitar más contagios. El abuelo de B. estaba con un compañero y los dos se contagiaron: “Mi abuelo se salvó, pero el compañero falleció”.

El coronavirus obligó desde principios de la pandemia a extremar las medidas de protección respecto a las personas mayores, por la mayor virulencia de la enfermedad para ese grupo poblacional. Ocho de cada diez fallecidos en Argentina por coronavirus fueron personas de más de 60 años.

Los geriátricos estuvieron y siguen estando en el foco de preocupación. La vacunación general con dos dosis es de alrededor del 50%. “Es un porcentaje más razonable que el de algunos meses atrás, pero estamos lejos de otros países de la región”, señaló Semino y destacó que “Uruguay está por el 73% y empieza la tercera dosis”.

En la Argentina, la ministra de Salud, Carla Vizzotti, anticipó que a principios de 2022 el Gobierno comenzará a aplicar una tercera dosis de la vacuna contra el coronavirus “primero al personal de salud y a los grupos de riesgos”.

Si llegara a considerarse un “esquema de vacunación completo” recién con una tercera dosis, la población de geriátricos, una de las más vulnerables al virus, podría seguir con restricciones fuertes por largo rato.

En los geriátricos no tienen una estimación de cómo continuarán los protocolos. “Obviamente esperamos que todos puedan gozar de las mismas posibilidades que tenían previo a la pandemia de ir a un encuentro familiar de manera más libre, porque hoy las salidas son más limitadas en tiempo”, aseguró Marcela Yudewitz, titular de la residencia Rincón del Sur, de Barracas.

Ese momento se ve más lejos, si se considera que las dos dosis no alcanzan. “Se está empezando a discutir una tercera dosis tal vez para profesionales de salud y no sabemos qué va a pasar con los residentes. Y más allá de los protocolos, la realidad es que ellos se cuidan mucho, porque quieren estar sanos”, opinó.

La flexibilización en la Ciudad

En el caso del abuelo de B., las visitas eran en 2020 por turnos de 15 minutos con una separación de plástico y unos guantes por si uno se quería abrazar. Tuvieron que poner micrófonos, porque no se escuchaban bien. “No era ideal, porque tenías al enfermero escuchando todo, mientras supervisaba la visita, pero era algo”, opinó B.

“Hace unos meses empezaron a sumar actividades en el hogar. Cantaban o hacían actividades de memoria y los residentes podían participar desde sus habitaciones. Mi abuelo prefería no participar, porque no escuchaba bien, pero leía mucho, y eso lo entretenía”, detalla.

El Gobierno de la Ciudad flexibilizó a fines de julio el protocolo de visitas y salidas de residencias para “contribuir con el restablecimiento de los vínculos de los adultos mayores con sus afectos”. Se permiten ahora visitas de 40 minutos sin barreras de por medio, siempre que el visitante tenga las dos dosis. Además, se habilitaron las salidas.

Entre los objetivos, reconocen que de esa manera se apunta a disminuir “las consecuencias negativas para la salud de esta población, como ser el incremento en la incidencia de síndromes geriátricos, la pérdida de anclajes afectivos y motivaciones con el consiguiente aumento de sintomatología depresiva y/o ansiosa, y el incremento en la incidencia de sintomatología conductual y de delirium”.

Actividad física con barbijo en el Geriátrico Vida Linda. Foto Fernando de la Orden

Actividad física con barbijo en el Geriátrico Vida Linda. Foto Fernando de la Orden

“Hoy volvieron a sumar películas, hacen talleres y desde septiembre pueden salir a almorzar, solo por unas horas, y luego volver al aire libre. También se hacen visitas cortas en el jardín del hogar”, cuenta B. y agrega que los horarios se van regulando, pero que ya no son tan estrictos.

Su abuelo se muestra bien de ánimo. “Lo que sí noto es una pérdida de una cantidad del lenguaje. Creo que pasaron mucho tiempo solos y les cuesta encontrar las palabras. Mi abuelo leyó muchísimo durante la pandemia y creo que tuvo menos de ese deterioro cognitivo, pero sí lo vi en otro residente al que visito”, contó.

El costo para la salud mental

Para la Asociación Argentina de Psiquiatría (AAP), los trastornos mentales, como el estrés, la ansiedad y la depresión, producto de la pandemia por Covid podrían convertirse en una “verdadera epidemia” en el país. Los adultos mayores, en ese marco, están dentro de las poblaciones más afectadas.

“Son grupos más vulnerables porque, ya de por sí, viven con más preocupación el hecho de enfermarse y de morir. A eso se suma que muchos están aislados y con la sensación de soledad al no ser visitados por sus familiares o sus nietos”, sintetizó el presidente de la AAP, Ricardo Corral.

Para evitar ese estado entre quienes viven en residencias o clínicas geriátricas, “la socialización es fundamental, porque aunque haya lugares donde se prestan muchas actividades y estímulo cognitivo, nada reemplaza a los vínculos afectivos. Esos vínculos, con la familia o los seres queridos, alejan el sentimiento de soledad y la idea de pérdida de propósito vital”.

“Los vínculos son lo que más estimula, sobre todo a las personas que padecen algún problema psíquico o alguna discapacidad que les impide vivir solos, con autonomía. La expectativa no es solamente esperar, sino tratar de vivir lo mejor posible ese último tiempo. Acá es crítico eso. El amor es fundamental para todos los seres humanos y es parte de lo que es fundamental también en la salud mental”, recordó.

Fuente:
CLARÍN

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