Compartimos esta excelente nota de opinión de Josep de Martí (director de www.inforesidencias.com) con la que coincidimos plenamente y que nos ayudará a entender por qué es importante que se vacune el personal y los mayores que viven en las residencias.

Hablo cada día con directores de residencia y últimamente pregunto cómo va la vacunación. Es una pregunta importante ya que, por primera vez desde que empezó la pandemia, nos hemos vuelto “exquisitos” a la hora de obtener el consentimiento de los trabajadores, residentes y en muchos casos familiares, para vacunar en residencias.

 

Me parece muy bien que se obtenga el consentimiento, aunque me choca que nadie lo pidiera para realizar los PCR o el confinamiento en habitaciones. Entonces entendí que era fruto de la emergencia. No había tiempo, había que parar la epidemia. Ahora, casi todos los directores con quien hablo me dicen que “tantos” empleados y residentes no han querido vacunarse. También que, en algunos casos la familia es la que no quiere que administren la vacuna a un ser querido, e incluso que la familia dice que sí pero el familiar que no.

 

Josep de Martí

¿Cómo es posible que haya gente que “no quiera” ponerse la vacuna pudiendo hacerlo?

 

Casi ochenta millones de contagios y 1,7 millones de fallecidos no han sido suficiente como para meternos el miedo en el cuerpo. Quizás porque supone que “sólo” se ha contagiado un 1% de la población y “sólo” ha fallecido el 0,02%, o una persona de cada cuatro mil quinientas. Es cierto que ha habido una gran afectación económica, pero sales a la calle y ves que, con restricciones, la vida sigue.

 

Hace cien años, en un mundo con 1.850 millones de habitantes, una pandemia conocida injustamente como “Gripe Española”, contagió a 800 millones (casi la mitad de la población) y, mató a entre 40 y 50 millones, o sea a uno de cada 46 habitantes, o dos de cada cien.

 

No hubo vacuna contra aquella gripe y el mundo asistió aterrorizado a las tres oleadas con que arremetió contra la población mundial hasta que dos años después desapareció.

 

Creo que la pandemia de Covid-19 tiene mucho de siglo XXI debido a que para una parte muy importante de la sociedad es algo que se ha visto en los medios de comunicación y redes sociales más que en carne propia. Si a nuestros bisabuelos durante la gripe o a nuestros antepasados durante la peste negra alguien les hubiese ofrecido una vacuna, aunque ésta sólo hubiese dado una posibilidad de disminuir el contagio, hubiesen hecho cola para ponérsela con entusiasmo. En las grandes pandemias la muerte se acerca a todos sin distinguir entre ricos y pobres; viejos y niños. Los muertos se acumulan y la muerte forma parte del día a día. La sensación de desesperación se generaliza y la gente se aferra a cualquier remedio que se plantee, sea éste ofrecido por la religión, la superstición o la ciencia.

 

No veo ese nivel de preocupación en España hoy, quitando a quien ha vivido personalmente o en su familia la enfermedad, al personal sanitario, a quienes trabajan en residencias y a unos pocos más. A muchos nos preocupa más que se abran las tiendas y la restauración o que se pueda establecer otro confinamiento, por las molestias y perjuicio económico que nos puede ocasionar porque no estamos considerando aterrorizados que el salir de casa es peligroso.

 

En algunas epidemias del pasado acabó muriendo más gente por la hambruna ocasionada por la no recolección de las cosechas que por la propia enfermedad. En esos casos la gente tenía verdadero pánico y no hacía falta que nadie impusiese confinamientos, el miedo lo hacía.

 

Personalmente sería partidario de que el Estado, si pudiese ser con el consenso de la Unión Europea, hiciese obligatoria la vacunación. He dedicado un rato a ver si esto podría hacerse y he encontrado alguna información que puede servirle a cada uno para formar su propia opinión:

 

Para empezar, hay que mirar al pasado. En lo que hoy es Turquía, se practicaba en el siglo XVIII una especie de vacunación ancestral contra la viruela tomando una pequeña cantidad de pus de los granos causados por la enfermedad y poniéndola en un corte hecho en la piel de alguien sano. Haciéndolo así, quien recibía el pus desarrollaba una versión suave de la enfermedad y nunca volvía a contagiarse. La mujer del embajador británico Lady Mary Wortley Montagu, observó la práctica en 1717 y decidió llevarla a cabo en sus hijos que, efectivamente, quedaron inmunizados. De vuelta en Inglaterra, las autoridades decidieron probar el tratamiento en un grupo de condenados a muerte que también se inmunizaron y en pocos años incluso lo hicieron miembros de la familia real.

 

Edward Jenner descubrió que no hacía falta contagiar con viruela para obtener la inmunidad y que se podía conseguir el mismo resultado con una versión de la enfermedad que afectaba a las vacas, así nació la primera vacunación. Menos de un siglo después, en 1853 en Inglaterra y Gales una Ley estableció la vacunación obligatoria contra la viruela. En Estados Unidos, el Tribunal Supremo reconoció la legalidad de las leyes que establecían la obligatoriedad de vacunarse en 1905. Catorce años después fue la Unión Soviética, recién creada, la que estableció la vacunación obligatoria. En España fue durante el franquismo, con la Ley de Bases de la Sanidad de 1944 que la obligatoriedad de vacunarse contra viruela y difteria tomó realidad.

 

O sea, que esto de poder obligar a un ciudadano a vacunarse anteponiendo el interés general a la voluntad individual es algo que comparten los regímenes democráticos con los autoritarios desde hace muchos años, lo que me hace pensar que debe tener cierta base.

 

Aunque el “antivacunacionismo” existió en diferentes lugares, llegando a ocasionar revueltas en Brasil a principios del siglo XX, casi siempre ha sido algo residual o con intencionalidades políticas.

 

Y volvemos a la actualidad. Las vacunas son, sin duda, una parte importante de la solución al problema, pero para que tengan efecto hace falta que un porcentaje elevado de personas se las ponga. Quizás me he asustado con lo que he leído en los medios, pero creo que, además de convencer, en una situación de emergencia hay que tomar medidas. El gobierno tendría tan fácil establecer la vacunación obligatoria, con excepciones por motivos de salud y seguridad, como pedir al parlamento que aprobase una Ley para la que creo podría obtener un amplio consenso.

 

Mientras no lo haga pueden existir métodos más sutiles para que el interés general se imponga, como la existencia de un “carnet de vacunación” necesario para hacer cosas como entrar en una residencia de personas mayores (como residente, empleado o visitante), trabajar en servicios sanitarios o poner, a uno mismo o a otros, en situación de riesgo (entrar en un autobús, tren, avión, cine, restaurante…).

 

A nuestros antepasados durante la Peste Antonina que mató al 10% de la población del imperio romano, o la Gran Peste de Marsella, que acabó con el 25% de la población de la Provenza, no habrían hecho falta convencerles u obligarse para que se vacunasen. Veían el peligro.

 

Ahora que la muerte es algo que todavía muchos ven sentados en el sofá pudiéndose permitir dudar sobre la gravedad de la situación, deberíamos esforzarnos en los dos campos, convencer a los conspiranóicos y escépticos en general y establecer la vacunación obligatoria en aquellos ámbitos de la sociedad especialmente susceptibles a sufrir o contagiar la enfermedad.

 

Es lo que creo, por supuesto, lo publico para que la gente opine.

 

Josep de Martí

 

Fuente: www.dependencia.info

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